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Tangiers

 

Allen Ginsberg, su amante Peter Orlovski, Jack Kerouack y Gregory Corso reunieron un poco de dinero y se fueron a ver a su amigo William Burroughs a Tánger. Fueron en busca del escritor perdido, ese que todos creemos ser, pero hay algo en los beats que es diferente, la posible huella que dejen en los otros, en los lectores. No hay intención de agradar al lector, por ello, son eminentemente salvajes, despiadados incluso, en un viaje de única dirección en la que se saben los invitados principales.

El escritor burgués sabe que tiene un nombre, o al menos, debe trabajar por él, el escritor burgués le teme a la posteridad. Los beatniks, no. Les era indiferente por completo esa huella pequeñoburguesa.

Así, un judío como Ginsberg se desnuda y recita poesía, se echa fotos en cueros con su amante, cubiertos de flores para defender el amor universal retratados por Bob Mapplethorpe.

Van los beats en busca de un oculto Burroughs que frecuentaba los peores lugares de la Tánger internacional, interzona en el norte de África, lugar de reunión de espías internacionales, puerto franco para alianza internacional, nido de nazis encubiertos, fascistas de medio pelo, cantantes, artistas, escritores, vedettes, prostitutas y demimondes y William Burroughs, que malvivía en la ciudad junto a su esposa, hasta que le voló la cabeza jugando a Guillermo Tell con una pistola cargada.

Jean Genet se enamoraba de Goytisolo mientras este dejaba que abusasen de su hija adoptiva mirando a otro lado sin importarle demasiado.

Paul Bowles bebía, como Lowry, en los clubs europeos de la Tánger no ocupada, cuando Tánger fue más Nueva York que la propia Nueva York. Y cuando era una ciudad europea fuera de Europa, mirándola siempre de cerca.

La poesía es “todo” dijo Corso al preguntarle Kerouac, “todo”. Ellos lo sabían, y si algo los identifica, es de nuevo, la completa falta de interés por la posteridad en su obra, y quizá ese sea el motivo por el que han perdurado hasta ahora.

Hay versos de Aullido que no desmerecen nada, hay alusiones que mejoran cualquier poesía de cualquier poeta de medio pelo actual, que piensa que su obra será estudiada en la posteridad.

Cuando llegaron allí, a Tánger, se fueron a la playa, ellos tan metropolitanos, tan de San Francisco y Nueva York; se les ve blancuzcos en las costas atlánticas, nuevos, sonriendo al salir de esa América profunda de las ciudades que los cercaban tanto, que los asfixiaban, en Tánger a nadie le importaba que tú fueses marica y fueses cogido de la mano de tu amante. Nadie los conocía y se les ve desinhibidos, grandiosos como estatuillas divinas de una religión sin altares, los beatniks.

Kerouac lo recoge del suelo después de una borrachera demasiado larga y lo llevan a la habitación maloliente donde vivía, y le compra una lámpara de keroseno. Burroughs no quería ser escritor, solo ser un borracho americano en África. Pasear con Paul Bowles o liarse con cualquier maricón que le aguantase la chapa y pagase el colocón y salir pitando por la ventana para que no lo viesen al día siguiente.

Se dice que los primeros episodios de Naked Lunch se los debemos a Kerouac, que había ido allí a Tánger a visitarlo, no a pasar a máquina los apuntes grasientos de Burroughs, y le decía que para eso le había comprado la lámpara, para que él lo escribiese, ordenase sus papeles y los pasase a limpio, pero Burroughs salía a emborracharse mientras el bueno de Kerouac se volvía loco intentando ordenar aquel desastre; de hecho, la obra carece de estructura y los críticos afirman que la estructura se parece a la medina de Tánger y a sus vueltas y revueltas que no llevan a ningún lugar y desde donde parecen que mil ojos te observan al mismo tiempo y donde se pueden palpar los nudos gordianos de las obsesiones de Burroughs durante toda su vida, el alcohol, las drogas, la violencia: Opio, demerol, antibióticos, Tolserol, Thomazine, barbitúricos, benzedrinas, cocaína, peyote, morfina, mescalina, yagé o ayahuasca.

De hecho, el título, Naked Lunch, se debe a una malinterpretación de Ginsberg y Kerouac mientras hablaba Burroughs con esa habla alcohólica, que pronunció “naked lust”, y ellos entendieron “naked lunch” y les pareció un buen título para aquello que habían construido entre todos pero que no sería una novela, como aquella otra novela de Gombrowicz, Ferdydurke. Porque El almuerzo desnudo no es una novela, es solo una declaración de intenciones, es un tanteo en la oscuridad, una nonovela errada desde el principio, muerta desde el nacimiento. No tenía ni pies ni cabeza, el estado del avejentado escritor era deplorable, (pero no sabían ellos después de tantas cartas a Ginsberg, Burroughs estaba deseando que fuesen a verlo a Marruecos), que no los iba a ayudar en absoluto, pero los beat querían su deidad particular y encontraron en Burroughs al candidato perfecto y fueron a verlo en 1957, cruzaron en barco el Atlántico y dejaron una gris Nueva York por una luminosa Tánger donde todo era posible, incluso la creación de un movimiento beat y unos dioses particulares.

“Horrible nightmares” dijo Kerouac cuando se estaba ganando su estancia en Tánger pasando a limpio todo aquello.

Más tarde, se reúnen en Paris Ginsberg y Burroughs, en 1958, en el “Beat Hotel” de la Rue Git-le Coeur, 9. Ambos reescriben la obra que se había trabajado Kerouac en Tánger, por tanto le debe más a los beat que al propio Burroughs que no quería ser lo que ellos querían que fuese.

Libro maldito de principio a fin, incluso cuando lo volvieron a reordenar y volvió a salir, y los libreros condenados por venderlo en los Estados Unidos. Eso no hubiese pasado en Marruecos, ni en Francia.

Repeticiones, elipsis, obsesiones compulsivas, influencia de Celine en El viaje al final de la noche. Fue acusado de pornografía, de incitar al consumo de drogas. Libro maldito.

ESTO NO ES UNA NOVELA. Le escribió a su editor Irving Rosenthal, ni siquiera se había preocupado por intentar que pareciese, no quería ser un autor. Era solo un yonqui que escribía sus fantasías cuando estaba drogado. Se convirtió en su propio personaje poco fiable de su inliteratura.

Ya casi nadie se acuerda de cuando vivía con Joan Volmer en Ciudad de México, en la Colonia Roma, en la calle Orizaba, en la esquina de Chihuahua y Monterrey, donde el yonqui Burroughs mató a su mujer, también adicta, en un juego con pistola que los dos practicaban a menudo, el Guillermo Tell, pero aquella noche salió mal después de que pusieran el vaso en la cabeza de Joan al que tenía que disparar Burroughs, y acabó con la vida de su joven esposa. Por lo que fue recluido y llevado a prisión en México. Algunos días más tarde quedaría libre. Septiembre de 1951.

Pero si Ginsberg y Kerouac escribió la novela de Burroughs, Neal Cassady escribió una parte importante de En el camino de Kerouac.

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