No se habla mucho de la coprofilia, o de su variante más fetichista, la coprofagia. Es algo que pertenece al ámbito más íntimo de las filias del ser humano. Solo se tienen rumores de quien la practicó o quien la practica de forma habitual. Uno de los autores que no esconde esta filia escatológica es Pere Gimferrer en su libro Mascarada, como licencia poética, donde se tiene a la coprofilia como un lugar esencial en el rito circular del alma humana, el estiércol humano como lo más profundo y básico de lo que nos compone, un lugar para comenzar de nuevo, no se puede ir más abajo de eso, el amor empieza en las heces, o, dicho de otro modo, las heces purifican el sentimiento amoroso.
Miren si no la conducta animal, donde las heces no constituyen desechos sino un lugar del que nutrirse, sin carga alguna de culpabilidad moral. Hay especies enteras de escarabajos que se alimentan de las heces de animales de todo tipo, y si se abandona a cualquier animal a su suerte, no tendría problema alguno en alimentarse de sus deposiciones cuando estén en riesgo de inanición severa.
Ya Quevedo, continuó una corriente que bordeaba, si no la coprofilia, sí la escatología descriptiva de ciertas zonas anatómicas excretoras en Gracias y desgracias del ojo del culo. No fue el único, sigue una antigua tradición universal que ya se dio en Grecia y Roma.
Cuentan por ahí que Edgar Neville, el noble obeso bon vivant de la literatura franquista, el canalla al que se le permitía todo, en sus excesos, en sus creaciones fílmicas, con su mujer, la hermosa Conchita Montes, la creadora del Damero maldito, un juego que usaba las definiciones más rebuscadas del diccionario de la Lengua, con definiciones de González Ruano, entre otros, practicaban la coprofilia; solo son rumores, y que la practicaban, además, en sus noches de farra con Orson Welles y la mismísima Ava Gardner, el animal más bello del mundo, mientras se escondía de la Voz Sinatra, en las noches canallas del Madrid bohemio y castizo, perfumado y maloliente.
Todo esto lo cuenta Álvaro Retana en sus novelas sicalípticas pobladas por homosexuales, travestidos, coquettes. El propio Retana fue bisexual y sus novelas estuvieron censuradas durante muchos años en el franquismo, cayendo en el olvido y en la desgracia, a pesar de pertenecer a una familia rica y con numerosos contactos en las altas esferas. Acusado de ser desviado, rojo, amante del jazz y de la copla, compositor de música arrabalera y hasta de un fado, cupletista con alma de vedette. Destaca A Sodoma en tren botijo, donde un niño de provincias conoce la decadencia de un Madrid trasnochado y crápula.
Conchita Montes fue una se esas mujeres del régimen que no fueron las propias del régimen, como pudieron serlo Mercedes Formica, la jurista y novelista esposa de Eduardo Llosent, director del Museo Nacional, o Felicidad Blanc, esposa y madre de la estirpe de los Panero, autora de la biografía Espejo de sombras; Montes fue una mujer independiente, pareja de Neville, adelantada a su tiempo, criticó las traducciones que se vertían al español en La codorniz, revista satírica en la que colaboró gracias a su amigo Miguel Mihura, y allí empezó a publicar el Damero maldito, fruto de sus viajes a Estados Unidos donde conoció a Chaplin, y en donde se aficionó a los dobles crucigramas. Amiga de Ortega y Gasset, de Gregorio Marañón y de Eugenio d´Ors, fue también la musa indiscutible de su marido, el ya mencionado Edgar Neville, el aristócrata más rural de la oscura bohemia madrileña. Damero maldito después pasaría a formar parte del ABC y durante décadas hizo perder la cabeza a millones de españoles intentando descifrar los mensajes de Montes.
La pareja Neville-Montes eran amigos de Douglas Fairbanks y Mary Pickford, de Hearst y Marion Davis, y Orson Welles, con quienes trabajaron en Hollywood como supervisor de las versiones españolas de las producciones americanas. Neville llevó al cine Nada, basada en la novela homónima de Carmen Laforet, pero fue un desastre porque la actriz italiana María Denis no retenía los diálogos porque no sabía español.
Neville junto a Miguel Mihura, a Benjamín Jarnés, Jardiel Poncela, el dibujante jienense Tono, Antonio Lara de Gavilán, el dibujante José Zamora, Pepito Zamora, (este trabajó con Diaguilev, con Coco Chanel), componen esa otra generación del 27, amiga del Café del Pombo presidido por Gómez de la Serna como todos saben.
Ese otro 27 denostado por haberse dedicado al humor, al diseño gráfico o haber publicado durante el franquismo, que como rara avis, no hacían gracia a los gerifaltes del mismo que los fueron apartando al ostracismo.
Y es que quizá la coprofilia tenga que ver con el humor, además de con el amor, reírse del acto sacralizador del amor con humor: no somos más que un inmenso montón de heces esperando a ser estiércol para la tierra, como ceniza, o como basura miserable y única.
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