Literatura de Port Bou
a Trieste.
No hay rutas tan
literarias como esta. Una vez, recorrí toda la costa azul desde Port Bou hasta
Trieste en coche.
No tenía dinero, apenas
para gasolina y unos bocadillos. Tenía veinticuatro años.
Portbou era la ciudad
donde Walter Benjamin se había quitado la vida huyendo de los nazis, asolado
por la presión de las autoridades francesas y españolas en su desempeño de
entregar a los ciudadanos judíos a las autoridades alemanas para seguir con el
exterminio. Le ocurrió lo mismo que a Stephan Zweig en Petrópolis, cuando ya no
pudo más y pensó que el suicidio era la mejor salida en el año 42, cuando vio
el ascenso de la política nazi.
En Portbou hay un
monumento dedicado al filósofo alemán, se llama Passatges, en él el aire y el
mar azul se comprimen de forma dramática hasta parecer un estrecho pasillo de
metal del que no puedes salir, eso debió ser lo que sintió Benjamin al no poder
seguir adelante y al saber que las autoridades de Vichy lo estaban buscando y
que su detención y ejecución eran inminentes. Morfina y olvido. Morfina y
sueño. Amapola y memoria, y condena como diría Celan. Ya no habría nada de lo
que preocuparse.
Se cuenta que Benjamin,
casi sin fondos, fue al Gran Casino de Montecarlo y se jugó lo que tenía, y la
jugada le salió bien y consiguió dinero para poder ir tirando, la suerte del
principiante, tal vez, poco sospechaba que algunos meses más tarde estaría
huyendo hacia el sur, hacia su añorada Ibiza preindustrial, prehortera y no
masificada isla de pescadores del Mediterráneo.
“Me levanto a las siete y me doy un baño en el mar, donde por
muy lejos que mire no hay ni un alma en la orilla o, como mucho, a la altura de
mi frente un velero en el horizonte; tras esto, un baño de sol, apoyado en
algún tronco no muy rígido en el bosque, un baño cuya fuerza curativa llega a
mi cabeza a través del prisma de «Paludes», esa sátira de Gides.”
Benjamin se suicidó
tres años después de la muerte de Antonio Machado. Veo ambas muertes como
complementarias en un concierto macabro con ballet improvisado huyendo de los
mismos monstruos. Machado no se suicidó, pero llegó a Collioure agotado y
hundido por tener que salir de España, el país que tanto amaba, al que tanto
había cantado en sus recuerdos y el que tanto le dolía, dejando a tantos atrás,
entre otros, a su querido hermano Manuel, mientras él, huyendo como un perro
con su madre y su hermano José hasta que llegaron a Collioure donde se
hospedaron en el Hotel Quintana y allí murió con lo puesto. Tuvieron que dejar
las maletas en la frontera porque había un atasco continuo intentando pasar a
Francia y no podían esperar más a que se despejase el paso.
No creo que Machado
pensase en Picasso en esos días de guerra, o en Matisse que pasaron largas
temporadas en aquel pueblo de la costa francesa, no creo que se acordase del
azul, de los naranjos de su patria.
Ir a Francia otra vez,
pero no así. Eso le prometió a su joven esposa muerta antes de la muerte, ir a
Francia a ver París, y tal vez conocer a Picasso a que te haga un retrato, y
conocer a los pintores y a los bohemios, sería su tercera vez en Francia, pero
no así, solo para morir, oprimido, apremiante, la huida se materializa a los
pocos kilómetros de la frontera. El cementerio está a la vuelta de la esquina
del Hotel Quintana, y allí está, recibiendo al visitante como recuerdo de la
opresión del fascismo.
Un poco más al norte se
encuentra Saint Cyprien Plage, el campo de concentración donde el escritor
Manuel Andújar estaría recluido algún tiempo, 100 días, y lo contó en su libro
de memorias del mismo título. Campo de concentración dice el subtítulo de la
obra. Allí metieron a los vencidos de la guerra española en Francia, allí
reunidos para ver qué hacer con ellos hasta nuevo aviso.
“¡Nada que transformar
en fuego, en ceniza, en gloria! Que el tratar el humo no se os traduzca en
humo, amigos.”
Max Aub (Mohrewitz), también
estuvo en el campo de concentración y lo cuenta en Campo francés, primero en el campo de Roland Garros y después en el
campo de internamiento de Vernet d´Ariege, en este mismo campo también estuvo el
escritor húngaro Arthur Koestler, autor de El
cero y el infinito. Aub fue internado por comunista, no por judío, aunque
sus padres lo eran y él se había criado entre Francia y España, más tarde
Argelia y finalmente México.
En la costa azul, o La
Riviera, estuvieron todos los grandes escritores con sus glorias y sus fracasos,
desde Scott Fitzgerald a Jean Cocteau y su amada Colette. Stefan Zweig, Coco
Channel, Anaïs Nin, Vladimir Nabokov, Guy de Maupassant,Thomas Mann, Rudyard
Kipling, Virginia Woolf, que seguía los pasos de su amante Vita Sackville y su
también amante Trefusis. Todo un lío de escritores con sus luces y sombras.
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