La literatura escondida
Lo que tuvieron en común autores tan dispares como Schubert, Nietzsche, Baudelaire, Bécquer y tantos otros, no fue su genio creativo, sino algo en gran medida relacionado con el placer y la carne. Todos contrajeron el mal napolitano como se llamó en muchos lugares de la literatura española, o como se la denominó más tarde: el mal gálico o mal francés, es decir, la sífilis.
Para Nietzsche, la enfermedad, como a tantos otros, era un estigma social, sobre todo, para los estudiosos posteriores de su obra. Como también le ocurre al neorromántico Bécquer, cuya enfermedad contrajo por su amada e infiel esposa, Casta apellidada, que le traspasó la enfermedad en alguna de sus aventuras sexuales con otros hombres casados.
Hay una relación directa entre la sífilis mal curada, y la locura. La sífilis en el siglo XIX no se podía curar bien, puesto que su remedio se inventó bien entrado el siglo XX, así que parece que la caída y deriva mental de Nietzsche tiene mucho que ver con una sífilis mal curada, que desembocó en una neurosífilis que le hizo perder el juicio, además de la paresia que sufría el pensador alemán en los últimos estado de su enfermedad, postrado en la cama durante largas temporadas sin poder moverse.
En 1498, el autor Francisco López de Villalobos, ya describe a la enfermedad como unas bubas pestíferas; otro autor italiano, Girolamo Fracastoro por su parte, hizo lo propio en el libro: Syphillis sive de morbo gallico, donde trata la apariencia y el sufrimiento de la enfermedad en Europa.
Francisco Delicado, autor de la inmoral y entretenidísima La lozana andaluza, ese alter ego con forma de prostituta de Delicado en tierras romanas, escribió otro tratado menos conocido, porque la literatura española esconde muchos tesoros de contenido inmoral o sexual, tal vez por decoro, sin embargo, estos libros prohibidos componen la verdadera espina dorsal de la literatura española. El libro de Delicado es: El modo de adoperare el legno de India Occidentale, (1530). Aquí se daba un remedio para la enfermedad usando el guayaco, (Guayacum officinale), árbol tropical del que se extraía un aceite que se aplicaba en la zona dolorida, y se hacía un ungüento con él, lo que no hacía sino aliviar el dolor y el picor, pero no curar la enfermedad; este remedio se ha seguido usando en América hasta bien entrado el siglo XX.
La enfermedad, parece ser, se rastrea desde el descubrimiento de América, se trajo de allí, según algunos historiadores cuando trajeron a los primeros indios de América para demostrar en la Corte la existencia de personas y que no solo era una entelequia muy bien inventada. En muchas ocasiones, las mujeres indias acababan prostituidas en lupanares en Nápoles, y así fue como se extendió la enfermedad por el viejo continente y se empezó a llamar "el mal napolitano".
Según cuenta Delicado en su tratado, los franceses, que fueron los encargados de difundir la enfermedad por Europa, pues estaban en Nápoles en estos años, fueron castigados por haber arrasado el Hospital de San Lázaro en Rapallo, cerca de Génova, y generalmente, la gente creyó esta explicación sobrenatural de la aparición de la enfermedad.
Hay ciertos historiadores ingleses que determinan que el nacimiento de la sífilis traída desde el Nuevo Mundo hacia el viejo, no es sino una suerte de rumor, ya que la población americana se vio asolada por una serie de enfermedades europeas para las que no tenían defensas, razón de la gran mortandad de los americanos, como la difteria o la varicela que asolaron a la población, por tanto, no tendría sentido que esta enfermedad fuese importada desde allí.
Otros dicen que la enfermedad existió siempre en Europa, y que fue con la posibilidad de los viajes transoceánicos donde adquirió volumen de epidemia mundial; también que una enfermedad parecida existía en América, y otros tantos investigadores achacan a Delicado que sus fechas de llegada y difusión de la enfermedad están equivocadas, o se contradicen entre ellas.
También afirma Delicado que este mal crearon los napolitanos en el sitio llevado a cabo por los franceses en Nápoles, echando cal al vino, y así empezaba el mal gálico.
Describe Villalobos en su Sumario:
Fue una pestilencia no vista jamás/ en metro ni en prosa, /ni en sciencia ni estoria... /Es muy gran vellaca, / y así a comenzado por el mas vellaco / lugar que tenemos.
Aquí se refería a la enfermedad como a la conjunción de Saturno y Marte, el dios de la guerra frente al dios de la muerte. Incluso decían que el mercurio era un buen remedio para las bubas pestilentes. Este tratamiento con azogue se rastrea en diferentes obras del Seiscientos, entre otras, en La vida de Estebanillo González de autor anónimo, y en la novela ejemplar cervantina El coloquio de los perros.
O como se dice en La lozana andaluza y la famosa marca en forma de estrella que salía en el cuerpo de quienes la sufrían:
Loz.: Señora mía, aquel mozo mandó a la madre que me acogiese y me diese buen lugar, y la puta vieja barbuda, estrellera, dijo: ¿No véis que tiene greñimón? Y ella... pensó que , porque yo traigo la toca baja y ligada a la ginovesa, y son tantas las cabezadas que me he dado yo misma, de un enojo que he habido, que me maravillo cómo so viva; que como en la nao no tenía médico ni bien ninguno, me ha tocado entre ceja y ceja, y creo que me quedará señal.
Sev.: No será nada, por mi vida. Llamaremos aquí un médico que la vea, que parece una estrellica.
El remedio a la enfermedad pasaba por esto[1]:
“El guayaco representaba una gran esperanza frente al tratamiento tradicional del mercurio, que provocaba graves intoxicaciones y efectos secundarios que no infrecuentemente llevaban a la muerte del paciente. Al enfermo, en efecto, se le sometía a intensas purgas y dietas para luego aplicarle baños, sudoraciones, fricciones, etc., tratando de conseguir la penetración del mineral y restablecer así la eucrasia humoral eliminando la materia peccans, según los postulados del galenismo vigente. De ahí la preocupación constante de los médicos por aliviar este tratamiento o el de otros minerales como el azufre (en la combinación llamada cinabrio), que eran prescritos pensando sobre todo en las afecciones cutáneas que provocaba, al igual que la lepra, como repiten incansablemente los diversos autores. A decir verdad, aunque menos molestias, tampoco resultaba nada suave la rígida dieta y la ingesta diaria del preparado de guayaco durante 30 ó 40 días en baño cerrado para provocar la sudoración.
La sífilis se curó cuando se creó un remedio para acabar con la espiroqueta Treponema pallidum.
Así la Lozana se erige como una obra literaria de la búsqueda del placer por encima de las demás virtudes, a pesar de la corrupción moral que su oficio conlleva; el sexo, en la obra se trata con bastante desenfado y naturalidad, sin culpa. Esta actitud crítica frente a los vicios de la Iglesia, pues los hechos suceden en la Roma, sede pontificia, ya prefigura una actitud erasmista y un posicionamiento incuestionable después de la Contrarreforma, iniciada con el Concilio de Trento en 1545.
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