El
encuentro del gato y el ratón.
Al final alguien se
suicida. Celan no fue nunca Celan, fue Paul Pesaj Antschel, de familia judía
rumana. El antisemitismo en Rumanía fue encarnizado, como dijeron los propios
alemanes. Hicieron un trabajo de exterminio excelente, superior al de otros
países de Centroeuropa donde, o bien, el conflicto contra los judíos les era
ajeno por completo, o bien, llevar una estrella de David en el pecho era motivo
de orgullo. Sin embargo, en la antigua Dacia, la aparición de grupos como la
Legión de Hierro en el año 1927, hasta 1941, en que se disuelve, donde, entre
otros, militó Cioran, o su amigo Eliade, Mircea, en el “equipo de la muerte”,
en un país sin apenas clase media, y donde la riqueza estaba controlada por la
ortodoxia griega y por familias judías, el antisemitismo cundió como la llama
que prende en el maizal.
Heidegger es el
superhombre nietzscheano aquejado, eso sí, de problemas cardíacos, cuya mente
brilla con luz propia desde su juventud académica en sus escritos, va creciendo
en la Universidad alemana mientras va desarrollando una filosofía que abarca el
tiempo y el ser en él. También se va asentando su antisemitismo, que en una
nación, como Alemania, después de la humillación de la gran guerra, va
creciendo, al igual que en el resto de Centroeuropa, escogiendo como chivo
expiatorio al pueblo de Abraham, eso fue una catarsis colectiva y demencial.
Al final alguien
siempre se suicida, en Port Bou, en Petrópolis, en el Sena desde el puente
Mirabeau en una oscura noche de abril de 1970.
Pero antes de esto,
Celan, —Pesaj Antschel—, quería respuestas, y las buscó, pero no las encontró,
no obstante, esa pesquisa le llevó a la casa de Heidegger en la montaña de la
Selva Negra para reunirse con él, que menos que una reunión de dos grandes
escritores, el mayor poeta del extinto Imperio austro-húngaro y el gran
filósofo alemán, filonazi convencido, de ahí surgió un poema, quizá no el mejor
de Celan, pero sí el más sorprendente, la poesía no alcanza la verdad siempre,
no había perdón en las palabra del filósofo alemán.
[…] “brañas del bosque,
desniveladas,
orquídea y orquídea,
solas,
lo crudo, más tarde, de
camino,
evidente,
el que nos conduce, el
hombre,
él lo ha escuchado
también,
las sendas, con
traviesas, a medio
transitar, en la alta
ciénaga,
lo húmedo,
mucho.”
“Estaré ahí a tu lado
dentro de un instante, dentro de un segundo que inaugurará el tiempo”, le dijo
Celan a Gisele, su mujer mucho antes de morir, mira a la cámara con los ojos
fijos sabiendo su final, la muerte de su familia, cuando era pequeño, lo marcó
para siempre. Celan mira a cámara con los ojos de los muertos que lleva dentro
de él, toda la incomprensión, toda la barbarie del hombre dentro. Hay mucho por
explicar en la noche más fría.
Gisele Celan Lestrange,
pintora rica, harta también de los devaneos sentimentales de Antschel con
Ingebor Bachmann, especialista esta además en Heidegger, formaba parte, como
Celan, del Gruppe 47.
Celan, la deportación,
las muertes de perro de sus padres, años en Moldavia deportado, años en
Francia, incomprensión y muerte, depresión y apartamiento en clínicas privadas,
crisis existenciales. No supera la muerte mientras la muerte se acomoda frente
a la cámara y habla con él, le dicta versos únicos, los más hermosos, los más
temibles, Celan ya sabe su suerte, no sabe el día, pero sí dónde será.
Qué hermoso el puente
Mirabeau, cantidades enormes de turistas se fotografían allí sin saber las
personas que se arrojan a un Sena homicida, a los que escuchan el canto de la
guerra, a los que les ha dictado la muerte el acabamiento metódico ya muy lejos
de tu infancia infeliz. Nada sustituye una infancia infeliz. Él ya fue eso toda
su vida. Lo sabía en Moldavia en las noches gélidas de la deportación
incomprensible, las manos junto a otras manos que se calientan en el fuego de
las noche de los lobos, mientras afuera aúllan los perros salvajes sin rumbo,
dictadores del miedo, apuntadores de la muerte, esquizofrenia del racionalismo
prusiano.
Sucede siempre igual,
alguien se suicida al otro lado de una frontera invisible, incluso cuando el
nazismo había sido vencido, incluso cuando el fascismo había desaparecido, qué
gran error pensar eso, ahí están las fotos en Petrópolis, Zweig y el veneno azul, el miedo hace que la
rabia interna del odio haga acabar con su vida y con la de su segunda mujer,
Lotte Zweig, su joven secretaria con la que fue sorprendido en aquel hotel de
la Costa Azul por su primera mujer, Friderika.
Acosado por sus
sentimientos, huyen a Bath, donde la Luftwaffe, destroza la ciudad, se sentía
perseguido por la propaganda nazi, por sus democráticos aviones en 1942.
A Zweig le podía el
fantasma de una Europa fantasmagórica, amigo de Freud y de Strauss en Viena, y
también de otros refugiados europeos que no dejaban de asediarle con préstamos
económicos: ”No somos sino fantasmas o recuerdos”, somos una sombra en Nueva
York.
El día antes de
marcharse estuvo con Herman Broch, también exiliado, y con los hermanos Auden,
Stephen y Alfred, instalados en el Upper East Side. Amigos de Einstein y de
Herman Hesse. Aunque no estuvieron esa noche allí.
Entre Cuba y Brasil, se
decidieron por Brasil, una tierra de oportunidades, allí ya había estado antes
y había sido recibido como un gran autor europeo, que lo era, y era donde había
más refugiados alemanes, pero también, habría más criptonazis, que cambiaban
sus apellidos al principio, pero que después, ya jamás lo hicieron, y se
dedicaban a nobles profesiones como médicos, cirujanos, empresarios, pero la
esvástica estaba debajo de su ropa, bien cerca, o en la frente, como la marca
de los campos de exterminio; los Zweig se marchan a Brasil, regalando su
máquina de escribir a Joachin Maass, el escritor y poeta especialista en poesía
portuguesa, pensando que no la necesitaría de nuevo, después de haber escrito El mundo de ayer en nueva York de manera
frenética. Solo escribió allí en Petrópolis la Novela de ajedrez. Fue amigo
y defensor del dictador Getúlio Vargas, la izquierda brasileña lo critica por
ello. Lee, pasea y escribe, casi ha encontrado la tranquilidad que buscaba
desde hacía tanto tiempo.
Sin embargo, el nazismo
se expande y a él le acosan las inseguridades y los miedos, sus depresiones,
(antes de morir habla con su primera esposa por carta, con ella tenía una
excelente relación, mujer culta, editora de la obra de Zweig, le dice que ya no
se debe preocupar más por él, porque han encontrado la felicidad que buscaban);
deciden marcharse nuevamente, siempre huyendo, intranquilos, recelosos, regalan
los libros a la biblioteca, queman documentos y papeles, y aparecen muertos al
día siguiente en la cama de su villa, un sirviente los encontró. A ella vestida
con un kimono sin ropa interior: “en el amanecer de esta larga noche,[…] yo me
voy antes de aquí”.
En Port-Bou pasó algo
parecido, Walter Benjamin huyendo de los dientes sangrantes de los perros del
nazismo, vapuleado por su obra, ninguneado por otros intelectuales alemanes por
su origen. Su forma de trabajar era indecorosa para ellos, esa forma
fragmentaria y casi ecdótica no era propia de un pensador alemán, sin embargo,
la escuela de Frankfurt se lo quiso adueñar, (algo así como hicieron los perros
con Nietzsche), que sirvió al nazismo para excusar su monstruo de diez cabezas,
aquello de la virtud y la decadencia en la obra de Nietzsche, del superhombre
que viene a cumplir su función en el mundo, porque nadie como el pueblo alemán,
ha tenido jamás tan claro, que han venido aquí para desarrollar su misión
totalizadora, ahora cuentan guerras perdidas, y el comunismo salvaje; pero los
de Frankfurt se lo quisieron adueñar para flexibilizar algo los estrictos
dogmas de la escuela filosófica alemana, con afán de superar un marxismo
freudiano que veían en el apendicismo de Benjamin la claridad explicativa que sus
tochos inagotables nunca tendrían.
El caso es que cuando
huye, pasa por Francia y por Ibiza, y allí descubre el Mediterráneo donde sería
enterrado, una Ibiza que no era la Ibiza actual, esa que han convertido a golpe
de cartera en la capital casposa de lo cutre y lo vano, laboratorio abierto de
químicos y de hordas de lerdos en busca de una diversión sobreactuada que hay
que pagar a precio de lujo.
La Ibiza de Benjamin
era la preturística, la del semiverdeazul de su costa, de pescadores, la que
casi nadie sabía dónde estaba en el mapa de un Mediterráneo aún no arrasado por
la especulación turística, que tan pobres resultados han dado para millones de
personas. En la isla se dedicó a escribir más literatura que filosofía, escribe
varios relatos. Como a otros muchos ciudadanos judíos, esperó a que le diesen
permiso para pasar por España y poder ir a América: el juego del ratón y
el gato.
Lo que no sabía Benjamin era que el régimen de Franco, en consonancia
con el gobierno de la cochambre alemán, habían difundido la orden, sobre todo a
los aliados, de que los judíos no podían pasar por su territorio, o debían ser
denunciados al consulado alemán más cercano, además de negarle la asistencia
médica a los ciudadanos judíos. Darwinismo forzado.
Brecht heredó parte de
sus manuscritos, así como Hanna Arendt o Gershord Scholem. Estos últimos fueron
los encargados de difundir la obra de Benjamin en Estados Unidos, y así
salvarlo del olvido, un filósofo único, la forma de tratar la obra, las
constelaciones benjaminianas, su anecdotismo estaba a punto de abrir las puertas
de la modernidad filosófico literaria. La admiración que se mantuvieron Brecht
y Benjamin, y la distancia político estética, que los separaron al ver que su amigo estaba demasiado cerca de
las posturas estalinistas, a Brecht, esto lo
llevó a Rusia, por donde se marcharía hacia los Estados Unidos.
Benjamin se suicida en
Portbou poco después de que Machado muriera en Colliure, había poca distancia,
y poco tiempo entre ambas muertes. Ahora en Portbou, en aquella pensión, te
sirven una paella deliciosa, Casa Alejandro: la muerte es ridícula.
Pero Celan nunca tuvo
su disculpa, el totalitarismo es eficiente, el miedo también, Heidegger
escribió lo siguiente:
“No conocemos metas
Y sólo somos un camino.
No necesitamos a
muchos,
A quienes desde hace tiempo ya devoró
El afán de hacedurías
Que uno tan solo trajera
El corazón para la voz
De la calma en el ser,
Equilibre lo salvaje
En el cofre
fundacional,
Es nuestro ánimo.
La joven pensadora judía Hannah Arendt, la
cual tuvo un escarceo con el filósofo Heidegger en su juventud y tuvo que
macharse a otra Universidad, porque allí se le hacía muy difícil estar bajo la
influencia y el señalamiento de todos. Más tarde, Alemania le quitaría la
nacionalidad, y se marchó a Francia, donde coincidió con Benjamin, pero esta pudo
huir gracias a la red Fry, el americano que la ayudó a desplazarse a Lisboa, y
de allí, a Estados Unidos, que le da la nacionalidad que Alemania le negó por
ser judía.
Allí llevó los papeles
de Benjamin, los quiso preservar del dogmatismo soviético de su amigo Brecht,
así como del círculo filosófico de Frankfurt, donde Benjamin se había educado y
había dado sus primeros pasos como filósofo -se lo querían apropiar- pero
gracias a Arendt y a Scholem, esto no ocurrió. Arendt murió por un ataque al
corazón, estaba en contra de la creciente influencia del Sionismo que convencía
a la opinión pública de que el pueblo elegido, era el pueblo más castigado por
la historia. Esta opinión no fue muy bien recibida por las masas judías, que
huían a Palestina antes de la creación del estado de Israel, algo a lo que ella
ayudó en su juventud, trabajando para una organización que ayudaba a los
exiliados a marcharse hacia la nueva tierra prometida.
Heidegger admira a
Celan, Celan ama a Ingebor Bachmann, Hannah Arendt coincide con Benjamin en
París, pasean por el puente Mirabeu, desconocen el suicidio de Celan en esas
aguas oscuras del Sena, contemplan las estatuas que los contemplan, París bien
vale un paseo y un incendio, cuántas muertes han visto los ojos ciegos de las
estatuas, cuánto frío en sus manos metálicas, todo el silencio, toda la muerte,
todo el olvido.
Port Bou, Petrópolis,
París, Mirabeau, todo es ya lo mismo. Todas estas ciudades están situadas en la
misma latitud doliente, en la geografía
del escándalo. De la desolación.
Nadie pide perdón.
Nadie suplica, se acaba la noche, espero
que podáis ver el final de este largo atardecer, dijo Zweig. Nadie tiene
patria, todos improvisan la música inaudible
de la destrucción.
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