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Silencio, pausa y luz de Ana de la Trinidad, 1577-1613. Poeta mística del siglo de Oro.

 


 

¿Cómo mi lengua torpe, enmudecida,

metida en alto mar de amor profundo,

sin entender la causa en que me fundo

hablará de su alteza desmedida?


Hallo mi navecilla sumergida,

y si la orilla busco, más me hundo,

que no hay lenguaje o nombres en el mundo

a que compare cosa tan subida.


¿Quién dijera que un Niño de hoy nacido

mi baja musa hace perder de vuelo?,

¿mas, qué mucho si en su ser infundido


tiene el objeto de un amor sin suelo?

Más queda inaccesible y escondido

cuanto más le descubre el mortal velo.

 

Este soneto, de la desconocida hermana carmelita descalza, Ana de la Trinidad, fue escrito en secreto en los últimos doce años de vida de esta servidora de Cristo de pobre salud y alta cuna.  Se escapó de las comodidades del palacio para ingresar en el Carmelo, algo a lo que sus padres se opusieron, conociendo la fama de rebeldía que tenía esta orden tan señalada por la ortodoxia de la Iglesia católica. Una hija de un noble no podría ingresar en ese ministerio que defendía la pobreza y la humildad.

Nacida en Alcanadre, La Rioja, en 1577, hija de los señores del lugar que residían en el palacio adlátere a la iglesia. Huye en 1601 al convento de Calahorra para entrar a servir los nuevos postulados de los Descalzos, una labor que habían llevado por toda España santa Teresa y san Juan por caminos de breñas que ni estaban hechos, en los pasos estrechos de la sierra de Segura, en la Andalucía alta, trasfigurando la iglesia desde dentro, corriendo el riesgo de ser llamados heresiarcas, palabra tan temida en el vulgo como deleitosa entre los censores e informadores del Santo Oficio que miraban con inquina todo lo nuevo, aun cuando en el Concilio de Trento se había estipulado que se volviera a la base de los primeros cristianos, sin embargo, pesaría más el sólido lastre de la interpretación única de los textos sagrados, para que España no se desviase de la norma eclesial del papado de Roma, y evitar así un nuevo cisma, como el promovido por los seguidores de Lutero, o los hugonotes en Francia, o los de Jan Hus, que hizo recorrer por Europa central una nueva llamarada de enfrentamiento ante Roma.

Así las cosas, Ana de la Trinidad ingresa en el convento, a pesar de los problemas de salud que arrastraba debido a unos quistes pulmonares que la debilitaban y la dejaban postrada en la cama durante días. Allí recluida, se dedicó a escribir sonetos a lo divino, si san Juan había escrito liras místicas, ella haría lo propio con esa otra forma culta de la lírica hispana. Toda forma de escritura que revelase una relación directa con Dios, o con Jesús, estaría vigilada por los torvos censores y no dudarían en investigar un convento ya señalado desde su origen, la mancha descalza, los que defendían la pobreza de Cristo y predicaban con el ejemplo de llevar unas pobres sandalias, y unos hábitos de arpillera cruda, con un cordel de castidad atado en la cintura.

Sor Ana de la Trinidad pasó gran parte de su vida leyendo, y por su obra lírica, se sabe que leyó a Petrarca, a fray Luis de León, a santa Teresa, con la que tanto comparte, en esa visión divina y cercana de Dios, en el sosiego en la contemplación de lo divino en sus versos, así como a san Juan de la Cruz, que lo acompañaría siempre, y cuya obra, Cántico espiritual sabía de memoria, repitiendo algunos de sus tópicos en la obra trinitaria.

Recluida, sufriendo la recuperación de sus fracturados huesos en la torpe huida hacia Calahorra a los veintitrés años, problemas que arrastraría hasta su muerte, junto a los problemas pulmonares, se recluyó en su celda y escribió diecinueve sonetos que nadie supo que había escrito hasta fecha reciente, cuando se descubrió, en la obra publicada de su madre superiora, Cecilia del Nacimiento, se incrustaban unos poemas que no estaban en el manuscrito original, descubriendo entonces que sor Ana, había confiado a la hermana Cecilia que destruyese su obra, y sin embargo, esta tuvo el acierto de no destruirlos y de publicarlos de forma anónima entre su propia obra.

Obra que amplía la estrecha lírica femenina del siglo de Oro, la mística hispánica y que agrandaría tópicos y temas como los de la brevedad de la vida o la incomprensión del lenguaje hablado para comunicarse con Dios.

Piadosa fuerza, vencimiento blando,

embebimiento y música süave,

licor precioso, gusto que a Dios sabe,

gloria insufrible, favorable mando,


raíz que mi sustancia está animando,

peregrina infusión y silbo grave,

ciencia que de experiencia el alma sabe,

fuego que en el crisol me está apurando,


virtud, omnipotencia, embestimiento,

tiniebla, noche oscura, bien amable,

toque que vuelve loco al que es más cuerdo,


silencio y pausa, luz, transcendimiento:

¿a quién iré que tus efectos hable,

oh, dulce sueño, donde me recuerdo?

 

Muere en Calahorra en 1613, aún hoy sigue siendo una gran desconocida.

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