¿Cómo mi lengua torpe,
enmudecida,
metida en alto mar de amor
profundo,
sin entender la causa en
que me fundo
hablará de su alteza
desmedida?
Hallo mi navecilla sumergida,
y si la orilla busco, más
me hundo,
que no hay lenguaje o nombres
en el mundo
a que compare cosa tan
subida.
¿Quién dijera que un Niño de hoy nacido
mi baja musa hace perder
de vuelo?,
¿mas, qué mucho si en su
ser infundido
tiene el objeto de un amor sin suelo?
Más queda inaccesible y
escondido
cuanto más le descubre el
mortal velo.
Este soneto, de la desconocida hermana carmelita descalza, Ana de la
Trinidad, fue escrito en secreto en los últimos doce años de vida de esta
servidora de Cristo de pobre salud y alta cuna.
Se escapó de las comodidades del palacio para ingresar en el Carmelo,
algo a lo que sus padres se opusieron, conociendo la fama de rebeldía que tenía
esta orden tan señalada por la ortodoxia de la Iglesia católica. Una hija de un
noble no podría ingresar en ese ministerio que defendía la pobreza y la humildad.
Nacida en Alcanadre, La Rioja, en 1577, hija de los señores del lugar que residían en el palacio adlátere a la iglesia. Huye en 1601 al convento de Calahorra para entrar a servir los nuevos postulados de los Descalzos, una labor que habían llevado por toda España santa Teresa y san Juan por caminos de breñas que ni estaban hechos, en los pasos estrechos de la sierra de Segura, en la Andalucía alta, trasfigurando la iglesia desde dentro, corriendo el riesgo de ser llamados heresiarcas, palabra tan temida en el vulgo como deleitosa entre los censores e informadores del Santo Oficio que miraban con inquina todo lo nuevo, aun cuando en el Concilio de Trento se había estipulado que se volviera a la base de los primeros cristianos, sin embargo, pesaría más el sólido lastre de la interpretación única de los textos sagrados, para que España no se desviase de la norma eclesial del papado de Roma, y evitar así un nuevo cisma, como el promovido por los seguidores de Lutero, o los hugonotes en Francia, o los de Jan Hus, que hizo recorrer por Europa central una nueva llamarada de enfrentamiento ante Roma.
Así las cosas, Ana de la Trinidad ingresa en el convento, a pesar de los
problemas de salud que arrastraba debido a unos quistes pulmonares que la
debilitaban y la dejaban postrada en la cama durante días. Allí recluida, se
dedicó a escribir sonetos a lo divino, si san Juan había escrito liras
místicas, ella haría lo propio con esa otra forma culta de la lírica hispana.
Toda forma de escritura que revelase una relación directa con Dios, o con
Jesús, estaría vigilada por los torvos censores y no dudarían en investigar un
convento ya señalado desde su origen, la mancha descalza, los que defendían la
pobreza de Cristo y predicaban con el ejemplo de llevar unas pobres sandalias,
y unos hábitos de arpillera cruda, con un cordel de castidad atado en la
cintura.
Sor Ana de la Trinidad pasó gran parte de su vida leyendo, y por su obra
lírica, se sabe que leyó a Petrarca, a fray Luis de León, a santa Teresa, con
la que tanto comparte, en esa visión divina y cercana de Dios, en el sosiego en
la contemplación de lo divino en sus versos, así como a san Juan de la Cruz,
que lo acompañaría siempre, y cuya obra, Cántico
espiritual sabía de memoria, repitiendo algunos de sus tópicos en la obra
trinitaria.
Recluida, sufriendo la recuperación de sus fracturados huesos en la torpe
huida hacia Calahorra a los veintitrés años, problemas que arrastraría hasta su muerte, junto a los
problemas pulmonares, se recluyó en su celda y escribió diecinueve sonetos que
nadie supo que había escrito hasta fecha reciente, cuando se descubrió, en la
obra publicada de su madre superiora, Cecilia del Nacimiento, se incrustaban unos
poemas que no estaban en el manuscrito original, descubriendo entonces que sor
Ana, había confiado a la hermana Cecilia que destruyese su obra, y sin embargo,
esta tuvo el acierto de no destruirlos y de publicarlos de forma anónima entre su
propia obra.
Obra que amplía la estrecha lírica femenina del siglo de Oro, la mística
hispánica y que agrandaría tópicos y temas como los de la brevedad de la vida o
la incomprensión del lenguaje hablado para comunicarse con Dios.
Piadosa fuerza, vencimiento blando,
embebimiento y música süave,
licor precioso, gusto que a Dios sabe,
gloria insufrible, favorable mando,
raíz que mi sustancia está animando,
peregrina infusión y silbo grave,
ciencia que de experiencia el alma sabe,
fuego que en el crisol me está apurando,
virtud, omnipotencia, embestimiento,
tiniebla, noche oscura, bien amable,
toque que vuelve loco al que es más cuerdo,
silencio y pausa, luz, transcendimiento:
¿a quién iré que tus efectos hable,
oh, dulce sueño, donde me recuerdo?
Muere en Calahorra en 1613, aún hoy sigue siendo una gran desconocida.
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