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Iré por esos fuertes y fronteras

 

Iré por esos fuertes y fronteras

 

La influencia de San Juan de la Cruz en Cervantes es mayor de lo que pueda parecer en un principio, no solo el carmelita influye en el escritor, sino que su obra puede verse representada en la obra cervantina, en especial, en los episodios en los que Quijano baja a la cueva de Montesinos, buscando esa paz y ese sosiego, “dejando ya mi casa sosegada”; se introduce el Quijote en una caverna donde el tiempo se transforma, en la interior bodega donde “quedéme y olbidéme” porque allí soñó con su amada Dulcinea.

Y, qué es el caballero andante sino una especie de santo carmelita que va en busca de la luz del alma, del verdadero sentir del alma, en busca de Dios, en este caso, de su ideal de belleza y de bondad, transfigurado en la forma de Dulcinea del Toboso. Una dulce herida, un fuego que no quema. Don Quijote transita todos los estados del hombre hasta la locura en lucha de un ideal que sabe que no existe, y que, sin embargo, defiende hasta la extenuación.

Desde la Contrarreforma, iniciada en el Concilio de Trento, 1545-1563, algunas órdenes religiosas intentaban volver al origen de la pureza primitiva de los primeros católicos, sin embargo, no se miraba con buenos ojos a los místicos españoles, y, en especial, a los que quedaban fuera de los seminarios e iban fundando conventos en los puntos más recónditos, donde tendrían mucha influencia los carmelitas descalzos, una orden puesta en entredicho por su rebeldía espiritual y antidogmática, así como una nueva relación con Jesús mucho más humana. Algo así como le ocurriría a los jesuitas años más tarde, cuya influencia en el gobierno hispanoamericano, superaba el poder del gobierno oficial del virreinato.

«—Ya, Señor, no os tengo de volver a ver con los ojos mortales»,  dijo san Juan cuando se acercaba su hora.

En el episodio tres de la segunda parte del Quijote, Sansón Carrasco afirma que una de las acciones más comentadas de Alonso Quijano sería la de perseguir de noche al muerto que fue enterrado en Segovia, en clara referencia, al cadáver de san Juan, que fue trasladado de forma subrepticia de Úbeda a Segovia, poco después de ser enterrado. Cervantes conocía bien estas tierras andaluzas, pues trabajó como cobrador de los Pósitos reales y fatigó fondas y ventas de la alta Andalucía.

Según Fernández Navarrete, biógrafo de Cervantes, afirma que en Martos, el séquito fúnebre con el cuerpo de Juan de Yepes, fue asaltado nuevamente, pues la acción del traslado fue ampliamente conocida por los que rodeaban el convento descalzo donde murió, cerca del Salvador de Úbeda, y el conductor del carruaje en donde llevaban al futuro santo, afirmó que veía unas luces alrededor del féretro que lo asustaron en gran manera.

“¿Donde lleváis a ese difunto, bellacos?”, dijo en la oscuridad de la noche un desconocido que se cruzó con ellos en las afueras de Martos. Todos los componentes dieron un respingo y se les erizó el cabello.

 “Detenéos, caballeros, y dadme cuenta de quién sois, de donde venís, adónde vaís, qué es lo que en aquellas andas lleváis...” Afirma Don Quijote cuando se encuentra con esta comitiva fúnebre, sin duda en clara referencia al traslado del carmelita años antes, y que le sirve a Cervantes para honrar a san Juan.

Doña Ana de Peñalosa fue la devota viuda rica que sufragó este traslado para facilitar su proceso de beatificación, acto que no pasó desapercibido en Úbeda, ya que había muerto en olor de santidad de unas fiebres pestilentes, seguramente una septicemia, y se le tenía ya por santo en Úbeda y alrededores, pero Peñalosa quiso llevarlo a Segovia al convento que fundara años atrás.

Y es que Cervantes estuvo en Úbeda en la fecha de la muerte de San Juan, y conocía de primera mano el traslado a Segovia, una historia que acabó litigándose en Roma, y el Papa obligó a que se devolviera el cadáver incorrupto de san Juan al lugar donde había fallecido, pero nunca se hizo.

Cervantes había leído muy bien toda la literatura caballeresca previa al nacimiento de su obra, y también la caballería espiritual, desde Raimund Llull y Blanquerna, donde se dice que todos los caballeros son caballeros que defienden la fe de Cristo, así como los caballeros Palmerín, Florisel, y Amadís, devotos que se encomiendan a Cristo en cada nueva aventura; don Quijote, por su parte no es tan pío ni devoto, se encomienda a Dios y a Dulcinea, al primero, más bien por costumbre y por un temor a la inquieta Inquisición, muy activa tras la Contrarreforma, y que, además, en Baeza y Úbeda, había llevado a cabo ciertas purgas en la comunidad alumbrada, mujeres de la iglesia que defendían, desde sus casas una nueva posición para la mujer en el ámbito de la reforma católica que nunca se llevaría a cabo.

Por tanto, Cervantes se sirve de la figura menuda de san Juan para compararlo con la labor de reforma que quería llevar a cabo el hidalgo, transformarlo todo para volver a los orígenes a la edad de oro, cuando las cosas eran las cosas y no había que salir a transformarlas.

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