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CASCO ANTIGUO

 

Casco antiguo


Friso gótico del testero de la catedral de Jaén de Enrique Egas

 

El casco antiguo de una ciudad es mucho más que el patrimonio histórico-artístico de esa ciudad. En esencia es la defensa a ultranza  de la habitabilidad de una ciudad frente a los nuevos discursos que tratan de optimizar el centro mediante una acción de ocupación del centro urbano y del espacio a través del turismo.

Habilitar ese espacio antiguo es levantarse frente a la gentrificación, contra el olvido,  es creer en una ciudad por sí misma, por lo que vale, no solo por sus monumentos y por quienes habitan ese centro, sino por los espacios públicos, calles, plazas vivas, las tiendas, el patrimonio de las conversaciones y sus acentos, frente a bulevares que se adocenan en un discutido progreso absurdo que diseña cajas de cartón en el espacio, con una apariencia unificada y carreteras saturadas que separan cada vez más de los lugares en los que se trabaja, se estudia, o en los que se practica deporte.

Cuidar el casco antiguo requiere apoyo institucional, y eso es lo que falla en Jaén, ningún partido defiende su patrimonio, así se ha venido demostrando a lo largo de las décadas que llevo viviendo en esta ciudad con el consabido discurso empobrecedor de los partidos de: “es que tú más”, en el que nos tratan como a niños que no tuviesen entendimiento y que parecen no enterarse de nada. Véase el caso del tranvía de Jaén;  partidos políticos que solo requieren la presencia ciudadana en las urnas cada cierto tiempo. Ahí están, por ejemplo, las diferentes remodelaciones llevadas a cabo en lugares emblemáticos como la plaza de Santa María, o en el reciente remodelado del parque de la Alameda, el cual estuvieron a punto de convertir en un aparcamiento con acceso directo a los coches, o el horrendo punto de hierro armado junto a la Sacristía de Vandelvira, edificio palaciego que alberga el ejercicio más elegante del Renacimiento español, con esa doble arcada y esa elegancia que parece hablarnos del buen gusto, que alberga además el archivo catedralicio, pues junto a eso, existe un monumento a la fealdad. Un poco más arriba de ese no-lugar residió, en el conocido como Hotel Rosario, ahora una finca de viviendas, Rafael Porlán, (1899-1945) poeta poco conocido de la generación del 27, secretario del Banco de España.

En el casco antiguo vivió fugazmente Miguel Hernández en 1937, en el Palacio de los marqueses de Blanco Hermoso, en la calle Llana, que vino aquí para apaciguar los ánimos de una contienda que se excedía en ambos lados, además fue escribiendo sus artículos en Frente Sur, la publicación donde se difundían las ideas del Partido Comunista y en donde Hernández fue publicando su Viento del pueblo. Hernández iba a visitar de vez en cuando a su amigo el dibujante y caricaturista Andrés Martínez de León, “Oselito”, que vivía en la Casería de Jesús, en las termas de Jabalcuz, adonde Hernández se desplazaba andando.

En el Teatro Cervantes de estrenó su obra de teatro El refugiado en 1937. También vivió el bombardeo de Jaén el 1 de abril de 1937, a pesar de estar fuera de la ciudad, su mujer se encontraba en la capital.

Y un poco más abajo, en la calle Portillo, a la espalda del palacio de los Cobaleda Nicuesa, nació el también olvidado pintor Manuel Ángeles Ortiz, (1895-1984) que salió de Jaén muy joven, como tantos otros artistas y desarrolló junto a Juan Gris, Picasso y Braque el cubismo en París. Además, fue también escenógrafo de obras de Manuel de Falla o Erik Satie, o de su amigo Luis Buñuel, e ilustrador de libros de sus amigos José Bergamín, o Rafael Alberti. Formó parte de la Escuela de París junto a María Blanchard, Maruja Mallo, Picasso, Manuel Vázquez Díaz, Pancho Cossío, y tantos otros.

Actuaciones como el Carmen de la calle Elvín, abren una esperanza, pero señalan, por otra parte, un problema acuciante, el estado lamentable de los alrededores del lugar, la pobreza física y material de las calles adláteres, la falta de iluminación de la zona, la mugre agrupada en las puertas de las casas, etcétera, etcétera.

Lo bueno de este casco histórico es que parece que Jaén, a pesar de sus pesares, ha aprendido la lección del turismo empobrecedor de ciudades cercanas, como Córdoba, Granada y Málaga, que han muerto de éxito turístico y que son referencia del viajero low cost: despedidas de soltero, gentrificación de los centros urbanos, habitados tan solo por cruceristas, o por guiris despistados bebiendo sangría en esta escuela de calor del sur desarrollista que no desarrollado; pues parece que Jaén ha aprendido tímidamente esa lección y no hay hordas de turistas fotografiando cada detalle de nuestras calles, no porque carezcan de interés, sino porque no acaba de integrarse en ese circuito, por fortuna, que pudre todo lo que toca.

Ciudades que prefieren el progreso del extranjero bueno, el que se deja los cuartos sin preguntar cuánto cuesta un litro de aceite de oliva, mientras se lo vendemos a granel a los italianos para que lo exporten por todo el mundo con esa etiqueta mentirosa de aceite italiano en los súper de Japón o de Australia. Tanto da. Aún así, aparecen cada vez más, negocios de apartamentos turísticos que suplen la falta de inversiones hoteleras en la ciudad, solo la ciudad de Baeza, de unos 15000 habitantes, tiene más hoteles que la ciudad de Jaén, de 112000 almas según el último censo; esto es un dato a tener en cuenta. Cada edificio ganado al turismo es una familia que se va y que ocupa el centro con gente que no es de aquí y no requiere servicios, o quimioterapia, o un ambulatorio, dios los libre, o un centro vecinal, o un instituto.

El casco antiguo de Jaén se desangra en el mejor de los casos. Paseo a diario alrededor de la catedral y contemplo la mugre, los barrenderos hacen lo que pueden, faltaría más. Mientras ciudadanos nativos, que no cívicos, fuman y beben latas de cerveza como recibimiento al turista accidental en su ágora principal. Meadas y basura en los alrededores, subiendo al convento carmelita donde San Juan de la Cruz reescribiese una versión de su Cántico espiritual, huyendo de la Iglesia que lo perseguía, para después, siglos después de su muerte,  nombrase doctor de la Iglesia al humilde carmelita. Rectificar es de sabios, dicen.

En el intento de fábrica gótico de la catedral de Jaén, aparecen a diario, colchones, bolsas de basura, botellas rotas, bolsas lentas de establecimientos de comida rápida. Copas robadas a los bares cercanos que no cierran nunca, en esa Carrera del ruido y del ocio mal entendido, en pos de una libertad que descansa en el descanso de otros. La libertad empezaba en la libertad de los demás, o algo así, pero a esa juventud que grita, adocenada y servil a los grandes lobbies de la tecnología no les gusta que se le diga lo que está mal, les han enseñado que todo lo que hacen está bien, la vida los pondrá en su sitio.

En Jaén no hay nada porque nos han enseñado a decir que no hay nada, y hemos obedecido gracias a los políticos de turno, que destruyen sin miramientos y olvidan el patrimonio,  esperndo las órdenes de obediencia de los suyos. Véase, por ejemplo, el paño que había junto a la antigua cárcel del edificio de la fábrica de perfumes, de raro estilo modernista en Jaén. Tierra de paso que impugna el valor de lo que encierra, ciudad que se construye a base de ciudadanos que vienen o vinieron de otros sitios, pueblos cercanos a buscar trabajo en los setenta y que, cada vez que pueden, se marchan sin saber qué tiene Jaén que la diferencie del resto, porque lo de fuera parece que está mejor que esto. Habría que enseñar a respetar el patrimonio y convertir nuestra ciudad en una ciudad culta, orgullosa de su historia y de su patrimonio. Y eso no solo se hace en las escuelas, es labor de todos.

 

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