Hay personas, aventuro, diseminadas por diferentes tiendas y centros comerciales, esas que van con perrito bichón, o esos bodegueros tan estimables, siempre marrones y fotografiables. Personas que miran con desgana la ropa aburridas, que tocan el producto, comprobando la lisura de un tarro de porcelana, la rugosidad palpable de una prenda de ropa; incluso hacen cola detrás de ti, y fingen hablar por teléfono con sus hijas de Erasmus en un país muy frío. Te dejan oír lo mucho que las echan de menos, o dicen que pronto se mudarán a la casa de verano, con piscina inmaculada y tumbona de nogal donde acariciarán al perro.
Personas, aventuro, que se colocan debajo del foco de luz que ilumina su calavera frente al espejo y que llevan un vestido macramé de la temporada pasada de ese mismo almacén en donde tú estás ahora. Personas que se detienen contigo y te saludan y te preguntan por los hijos y quieren saber cuándo te vas tú a la casa de campo a pasar el rigor de estos calores estivales en esa ciudad de interior, como si el interior fuese un país diferente con sus fronteras invisibles donde ellas son las musas de la porcelana fría bajo el aire acondicionado de ese gran almacén que podría estar en todas las ciudades del mundo sin importar quiénes son ellas, las que te preguntan, porque siempre son las mismas personas, las van cambiando de lugar y les introducen un guion muy corto, breve, que amenice las esperas y que sean emuladas por los vagos compradores veraniegos que entran para refrigerarse más que para comprar alguna estupidez innecesaria.
Esas personas que no te conocen cordialmente de nada.
Pues salúdalas.
Bodeguero fotografiable y recortable
Comentarios
Publicar un comentario