Aquí nos meamos en los frisos góticos
Somos un pueblo que se mea en sus frisos góticos.
Friso gótico del maestro Egas de la catedral de JaénSomos una ciudad-pueblo que deja colchones y basura en los callejones antiguos, en los paños góticos, ay, en Jaén, la tierra del quejido, el pueblo hecho de pueblos, porque nadie es de Jaén, Jaén, nadie es de aquí-aquí, todos nuestros muertos vienen de fuera, de Benatae, de Albánchez de Mágina, de Beas, de más allá del más allá, porque nadie, nadie en esta santa tierra descompuesta tiene los santos cojones de hacer una autovía, no se vayan a enfadar en Madrid o en Sevilla, porque se tarda más en llegar a los pueblecillos de la sierra de Segura desde la capital que a Madrid, porque eso sigue pasando y a todos nos da igual, miramos a otro lado, somos la tierra de la decadencia, y nos conformamos con lo que se les cae a otros; alguien de esta ciudad fuma y tira el cigarro en la plaza de la catedral, alguien mea en las escaleras, en las paredes, muchos escupen al suelo, otros beben cerveza y dejan la lata en los edificios reformados, nos da igual porque nuestra ciudad es un estercolero donde no llega ni el tren, o a veces, y cogemos el autobús como en los sesenta, nos falta el bocadillo en las piernas para irnos a la vendimia, (ay, no, que eso pasa todavía, a mucha honra, claro), pero después nos quejamos de que vengan los negros a quitarnos el trabajo, porque no tienen cojones, en esta santa tierra de decadencia y alejamiento, de crear trabajo digno, y no a traer una asquerosa planta de biometano que no quieran en ningún lugar donde tengan los cojones de decir no, pero aquí nada, erre que erre, que nos echen todo lo que quieran, es el progreso, idiotas, y tratan de convencernos con científicos pagados, y el tranvía, como a los chaveas, nos dicen, mañana, mañana te lo compro, que nos lo van a poner en marcha, mientras se ríen es sus despachos pensando que luchan por la tierra, por esta tierra descompuesta y decadente que entre todos hemos hecho, desde su cultura, cultura de vírgenes y procesiones, de cofradías y trajes hechos a medida, pero no de teatros ni exposiciones, esta santa tierra pobre que presume de ruido y de luces, y como luciérnagas, revoloteamos en torno a ellas, y subimos a un tren de juguete que va a ser el único que nos lleve a alguna parte, a un maldito callejón meado y cagado, con ronchas y costras en el suelo, porque eso está pasando en un sitio que algunos cursis llaman el casco antiguo, por no decir la miseria de los que tiran todo afuera como en una hoguera colectiva, los olores, los colores, la basura, presumimos de una ciudad que esconde su belleza, porque los otros no la ven, y nos conformamos con lo que podría haber sido, en otros lugares una ruina es un palacio, y aquí, un palacio es una ruina, porque, a quién importa una pared de mierda hecha en el siglo XV, a nadie le han explicado eso, por eso lo meo, como los perros, ya vendrá alguien a limpiarlo, y después, en verano, me voy a mi pueblo y Jaén que arda, ya vendrán a repararla, pero esta tierra no tiene solución ni destino, escondida en una apariencia de falso progreso, lento, a trompicones, siempre la hija fea de la política y la pariente lejana de sus habitantes, para qué Jaén, envuelta en una belleza que nadie sabe encontrar, con los cables tendidos, con los balcones cayéndose, los chorros de las meadas de los perros y de los hombres ofreciendo su olor a azahar inverso, por todos lados como guirnaldas de bienvenida a unos turistas que no saben ni dónde están, y cagadas de animales, esa es la realidad, aquí, en esta santa tierra del santo rostro, de la decadencia, todos se van, a cantar, a lo que sea, fuera, porque no hay forma, ni forma oye, y no tienen los santos cojones de guardar el edificio Vandelvira de la catedral, la Sacristia en el edificio con forma de palacio italiano pegada a la catedral, por fuera, en un rincón, donde los borrachos vomitan, a la que además le ponen muros de hierro pintados de monstruo de blanco, y hacen pequeñas las calles más pequeñas, ay, Jaén, que entre todos te mataron y ella sola se murió.
En Jaén no hay ná maestro, dicen los que no han pasado del parque de la Victoria para arriba, ese Jaén que se mea en su memoria y en la memoria de todos los que la hicieron, la memoria colectiva de una ciudad hecha de orines y colchones tirados.
Qué asco.
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