Bucles de mediocridad
No todos los jugadores de ajedrez son inteligentes. No todas las modelos son guapas, incluso hay modelos mucho más inteligentes que algunos jugadores de ajedrez. Hay jugadores de ajedrez más guapos que algunas modelos. No todos los escritores son inteligentes, de hecho, no todos los escritores son buenos escritores, pero esto no es porque sean más o menos inteligentes, sino porque no saben usar los recursos de su inteligencia, o, al menos, los que tienen a su disposición en su inteligencia creativa.
No todos los escritores son cultos, cultos somos todos, en uno u otro sentido, pero no por ello vamos a escribir mejor. Hay gente que es capaz de construirte una acequia, y gente que no es capaz de escribir dos palabras seguidas. Otros saben componer un soneto y no saben poner un ladrillo.
Últimamente, se confunden libros con éxito con libros bien construidos o escritos, libros mal escritos por escritores que no son muy inteligentes, o que usan torpemente corrientes demodé, pero que dicen lo que está escrito y mezclan conceptos archiconocidos de las personas que ya habían contado esas historias antes. Libros que no aportan nada a la historia civil ni a la literatura.
Charles Manson compuso varias canciones para los Beach Boys, Never Learn not to love, una canción bastante mala, por cierto, pero no tuvo éxito como músico. Tenía más inteligencia para otras cosas, la cosa es: ¿usamos correctamente nuestra inteligencia? Algunos van por el mundo sin saber en qué son inteligentes, algunos la aprovechan, esa inteligencia, para una estrategia en el ajedrez, otros para hacer una casa con sus manos, otros no la usan nunca, o lo hacen para engañar a la gente. Algunos la usan para ser Presidentes del cotarro.
No todos los escritores son cultos, algunos incluso pronuncian mal la palabra libido cuando se refieren al deseo sexual, pero venden millones de ejemplares. Hay escritores que escriben bien, otros que construyen bien sus historias, otros que aburren con sus tramas copiadas de otras tramas. Y escritores que tienen una idea brillante y no saben llevarla a cabo, de hecho, la novela se puede definir como la versión menos errónea de una gran idea. Cuando menos, pero, en realidad, la novela es el mapa del fracaso narrativo de un autor, sus flaquezas, la imposibilidad de narrar y de domar las toscas palabras. Las posibilidades de narrar un hecho son casi infinitas, y todas juntas, no llegar a contar con exactitud lo que quieres contar.
Es la falacia creativa, la ironía dramática del autor. Alguien que se encierra en sus círculos mentales y se vale del idioma, ese que todos usamos a diario para recrear algo, lo que sea. No se necesita inteligencia, se necesita tesón, una especie de alquimia que sucede en el estudio de los círculos y patrones de la posibilidad de la creación, y después está Onetti.
Tienes que leer 1500 libros para poder escribir uno. Decía Flaubert.
O Joyce, que se inventó un nuevo idioma en el Finnegans Wake, donde todo lo aprendido lo desmonta, lo rompe a pedazos y el lector, activo, lo reconstruye. No es que sea inteligente, es un destructor de idiomas, ha traspasado la frontera de la creación.
Hopper fue un mal pintor, pero era excelente en la utilización de sus limitados recursos, sabía de sus limitaciones académicas. No pasa nada, aún así ha vendido mucho, (lo cual no lo hace mejor), al menos, sus insoportables y manidas láminas que el merchandising se encarga de recordarnos una y otra vez. Hopper procedía de la publicidad y supo ver el potencial de su pintura agrandada, por la influencia de los carteles que diseñaba, el uso de los colores, las manchas sobre el lienzo que van construyendo planos casi cinematográficos.
Goya fue un mal pintor de animales, no sabía pintar caballos, se les nota a los caballos el barril en que se basaba en sus modelos ecuestres, y superó esta falta, con la genialidad escultórica de su pintura, adelantándose siglos a la vanguardia.
Lo malo es creerse el mesías de la escritura, sin descubrir que el mercado ha agotado los modelos narrativos, que las editoriales se comen un mojón publicando cosas nuevas y buenas, y tengan que tirar de talonario y conceder premios para vender, y usar la figura de un escritor, ni muy bueno, ni muy listo, solo un muñeco de trapo, que un ventrílocuo mueve, porque se pliega muy bien a sus intereses económicos y explota esa figura, innecesaria y absurda que va vendiendo algo que no conoce ni de lejos, ni la guerra, ni el hambre, ni el frío, todo en un terrible e hiperbólico bucle de mediocridad, eso es, decir lo que ya está dicho, como si estuviese descubriendo el Mediterráneo sin haber leído a Homero.
Bucles de mediocridad.
Comentarios
Publicar un comentario