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Lobo Antunes. Memorias de una Lisboa lejana.

 En 1999, con apenas 24 años, fui hasta Lisboa en tren desde Madrid para conocer a un escritor que me había deslumbrado: Lobo Antunes, del que había leído En el culo del mundo, (1979), y como escritor incipiente solo pude sentirme desbordado por esa forma de expresar el sentimiento amoroso, mezclando las memorias de la guerra, y una sentimentalidad trasnochada, en una larga noche de confesiones entre un hombre y una mujer.

Generalmente, y, por desgracia, los autores que se leen en la juventud van perdiendo la calidad que le atribuíamos cuando éramos jóvenes, pero, en este caso, siempre que he vuelto a Lobo Antunes no ha perdido, para mí, ese empuje inicial, que ahora, se ha convertido en otra cosa, en la capacidad tal vez nata de narrar de una manera única, que es lo que diferencia, a la postre, a un escritor de otro. Ahí están intactos, por ejemplo: Onetti, Levrero, Lerín, los monstruos de la narrativa no cambian, te hacen cambiar a ti tu perspectiva como escritor.




Notas escritas por Lobo Antunes en el Hospital Psiquiátrico Miguel Bombarda donde trabajó. Fragmento de Nao entres tao depressa nessa noite escura, (2000).

Sabía que solía escribir en un despacho del Hospital Psiquiátrico Miguel Bombarda, donde había trabajado antes de dedicarse solo a escribir, después de la guerra, (intentando ayudar a pacientes que habían visto demasiada muerte, y esa muerte, como él afirmó, no dejó de acompañarlo nunca), y me recorrí andando Lisboa entera desde el Rossio hasta la Alfama buscando los restos literarios de un Pessoa apesadumbrado, pasando por su oficina en la Rua dos Douradores donde se inventaba otros yoes consecutivos y extraños, incluso algunos de ellos sobreviviéndole, aunque eso él no lo supiese.

En ese viaje inicial también descubrí una Lisboa que, por las noches, no escuchaba fado, sino jazz, y así fue como descubrí el Hot Clube, uno de los pubs más antiguos. Ya no me apetece escribir de Lisboa como antes quería hacerlo. Fui allí además, e intenté quedarme a vivir en ella, cambiar de Universidad y terminar mis estudios, de hecho, fui a la Universidad, a la Facultad de Letras para hacer el cambio, y lo veía posible, pero nunca lo hice, no tenía dinero. 
¿Cómo nos cambian esas decisiones que nunca tomamos, habría sido más feliz allí, con tan solo 24 años? ¿Habría aprendido a escribir mejor de haber vivido allí? ¿O solo era un deseo esnob de alguien que estaba descubriendo las posibilidades de la literatura y la vida?
Recorrí Lisboa entera, desde la Praça do Comercio hasta la Fundación Calouste Gulbenkian, donde había un cuadro que tenía pintado un mapa de la península Ibérica, y salía mi ciudad: Jaén, y había una ruta desde allí dibujada en el cuadro hasta las Rías Baixas pasando por Lisboa, quizá debería haber seguido camino hasta Vigo, ¿quién sabe?
Comí en restaurantes angoleños, conocí la cocina de Mozambique, la calle en la que trabajaba Pessoa, la estatua del mismo en A Brasilera, recorrí las calles de la Alfama en cuyas ruinas se metían los yonquis lisboetas a pincharse, rodeados de basura y de mugre. 
Recuerdo la pensión en donde me quedé esos días, cerca de la estación de tren Santa Luzia de Lisboa, una pensión cochambrosa habitada por putas e inmigrantes, en donde yo era uno más. Cuando salía a la calle me ofrecían hachís los habitantes de esa plaza sucia y maloliente.

Cuando llegué al Hospital Miguel Bombarda, pregunté en recepción por él, pero me dijeron que Lobo Antunes no escribía allí, parecía incluso que no lo conociesen; quizá los de la entrada no lo conocían y pensaban que él sería otro paciente más del psiquiátrico. O tal vez, el propio escritor había dejado dicho que él no escribía allí para no tener visitas incómodas. Sin embargo, decidí esperar a no sabía muy bien el qué. Estuve esperando bajo la sombra de un frondoso sicomoro un par de horas.

Sabía además que era mentira, la juventud lo sabe todo, y Lobo Antunes escribía allí, lo había declarado en más de una ocasión. Yo, joven estudiante de Filología en Granada y de portugués, donde había conocido a los grandes escritores lusos y me había deslumbrado la prosa del psiquiatra lisboeta, junto a la heteronimia de Pessoa, y las novelas del escritor angoleño José Eduardo Agualusa o las de Mía Couto. 

Al borde de la noche, apareció un hombre con una bolsa repleta con cartones de tabaco, se estaba encendiendo un cigarrillo. Era él. Me acerqué algo violento, como un autómata entumecido después de haber estado casi parado dos horas esperando este momento. Quería decirle tantas cosas sobre sus novelas, quería comentarle ciertas soluciones estéticas, quería hablarle de mi poesía, qué osada la juventud, qué ímpetu el que me hizo ir a esa ciudad desconocida para hablar con él.

Le quise decir tanto, que no le dije nada. Le pedí fuego tan solo, pensaba iniciar una conversación después de encender el cigarro, pero apenas me dio tiempo a emprender una conversación porque tan pronto como cerró su zippo plateado, se marchó dándome la espalda, como si llevase demasiado muertos en sus ojos. Aún recuerdo sus intensos ojos azules que refulgían en la noche incipiente y un torpe "obrigado" por mi parte mientras me daba la espalda y se metía en la oscuridad del Hospital. Estaba claro que si escribía allí, era por la noche, noches largas, de tabaco y cenicero metálico, imaginaba yo.

Me marché de allí, estuve andando horas por la ciudad pensando en lo que le podía haber dicho y nunca le diría.



Hoy, de ese joven con ningún libro publicado que fue a ver a un desconocido a una ciudad desconocida, queda ya poco, apenas nada, y de los libros de Lobo Antunes que aún atesoro en mi biblioteca, contemplo cómo han amarilleado, pero siguen siendo igual de necesarios. De él, nos quedará su inmensa obra.

"No puedes escribir para tener éxito, si es eso lo que persigues, dedícate a cantar", confesó en una ocasión.

Yo aprendí que a Lisboa hay que ir con la nostalgia justa, si no, no te deja salir de ella más.

Tiempo después, viviendo en Huelva, descubrí que uno de los protagonistas de su libro En el culo del mundo veraneaba en Tavira, en Santa Luzía, adonde yo iba con bastante asiduidad los fines de semana. Aquella familiaridad me situó de nuevo tras su pista, los grandes escritores no dejan de interesarte, pero siempre se descubren otros. 

La forma de narrar de Lobo Antunes mezcla la melancolía del recuerdo con la expresión de las frustraciones, y la manera de desmenuzar la memoria, de desmigarla hasta que el dolor se convierte en literatura mediante la palabra. Pero, ¿cómo se puede decir lo que quieres sin perder ni una mínima parte del mensaje? Eso solo lo hacen los grandes autores, quizá porque quieran contar otra cosa, porque los escritores sabemos que domar el lenguaje, este lenguaje de todos los demonios, y manejarlo a tu antojo, es un camino difícil; las palabras se interponen, las estructuras sintácticas también, y bailan con tus intenciones y con el recuerdo, de tal forma, que el recuerdo es ya otro cuando se escribe. No se parece en nada a tu idea original, y no hablo de planes, ni de estructuras narrativas, hablo de poder decidir en una enorme cadena de posibilidades que se despliegan en el acto de escritura.

Hay que saber a qué se va a otros países, pero yo no lo supe hasta mucho después, en ese viaje de ida a vuelta a la ciudad que tenía tan idealizada, que no me dejó ver la podredumbre de la que quería escapar. 

Después he estado en Lisboa en varias ocasiones, pero ya no busqué a ningún escritor, no volví al hospital psiquiátrico. Simplemente paseé por la ciudad en busca de otras cosas. Oí que lo habían cerrado, pero ya no me preocupaba donde escribiese Lobo Antunes. Su obra había pasado al canon personal de libros necesarios y se convirtió en una especie de santo laico de mi santoral literario. No creó que influyese nunca en mi manera de escribir. Hay que diferenciar entre influencias y referencias literarias. De hecho, casi lo olvidé, casi siempre olvidamos a los héroes literarios de nuestras afinidades literarias de la juventud, es así, a mi no me acompañan todos los muertos de las guerras que no hemos vivido, a él nunca lo abandonaron.

Para Lobo Antunes la literatura era la vida, para mí, el recuerdo es literatura.

Uno tiene que saber bien a qué va a las ciudades, de lo contrario, es difícil salir de ellas.

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