Memoria del paisaje. Pintura oculta. (1996-2012).
José Montané. Libro de la exposición del pintor jienense en la Diputación provincial de Jaén. Con textos de Guillermo Rojano, Juan Manuel Molina Damiani, Vicente Barba y el propio artista José Montané.
Esta exposición es necesaria dentro del marco de recuperación de los artistas de nuestra tierra. Obra no mostrada jamás en exposición pública, rastrea la memoria cromática del autor, Montané, sobre un lugar cercano a la ciudad: las termas de Jabalcuz y los jardines, que se remontan a principios de siglo XX, lugar cargado de historia simbólica, no solo por el lugar ctónico y totémico que representa para la ciudad la sierra de Jabalcuz, a la sazón, uno de los lugares más altos del término municipal de la capital, con 1616m, sino que, además, ha supuesto un lugar de veraneo, esparcimiento y de residencia para muchos jiennenses, ya que Jabalcuz es un barrio de la ciudad de Jaén. Hasta la Casería de Jesús, casa de diseño modernista, se desplazaba el poeta Miguel Hernández para visitar a su amigo el viñetista sevillano Oselito, en los convulsos años de la guerra civil que el oriolano vivió en Jaén.
La contemplación de ese paisaje da lugar a muchos de las obras que vertebran la exposición de Memoria del paisaje, con cierta influencia fauve, de manchas aplicadas sobre el lienzo, de luces violentas que recuerdan a los espacios en sombra del parque de Jabalcuz con sus subidas y bajadas y sus hornacinas vegetales donde mana el agua y el frescor en veranos calurosos. Obras de pequeño formato que recuerdan también al quesadeño Zabaleta y su trazo más puro, sin esnobismos, directo, del ojo a la mano, trazo significativo en sí mismo, sin academicismos.
Foto de Paz Madrid para Jaén Hoy
Fotografía de Paz Madrid para el diario Jaén Hoy.
Exposición que juega con la memoria del autor y la memoria de la propia ciudad, lugar que se vienen disputando en su reparación, Jabalcuz, y que nadie da por concluido, ruina a medio hacer, restos de color, recuerdo no tan lejano de un paisaje difuso, cuando había una pequeña ciudad en las termas, con el mítico bar de María la guarda, y su iglesia local dedicada a San Damián, y un servicio minúsculo de Correos.
Obras , especialmente las de gran formato, que leen muy bien la vanguardia no figurativa del expresionismo abstracto, lectura que el paisaje apoya como correlato y el autor interpreta desde lo cercano para hacerlo instante universal. La disposición vertical de algunas de sus obras, recuerdan al primer Rothko, que investigaba ya los límites del discurso pictórico dispuesto de otra manera, límites expresivos que trabaja Montané coordinándolo con aperturas abstractas a lo horizontal, vuelo de la mirada que acompaña lo vislumbrado imaginado y lo visto y comprobado por el ojo. De la idea a la realidad transida por la coloración del paisaje. Trabajo que se ve influido por el granadino José Guerrero, que trajo a España desde Nueva York, la influencia americana de grandes formatos pictóricos sobre la materia y los colores, lección aprendida y metabolizada por Montané.
Un paisaje que visita las sierras cercanas, también desconocidas para el gran público, como es ese lugar que ya habitara las novelas de Muñoz Molina, Mágina, y los ocres dispuestos en sierras desprendidas de la vegetación y que se reinterpretan en la mirada subyugada del artista.
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