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Entonces

 El tío Casiano llevaba los mulos al molino cercano y los veía venir de lejos, los gitanos sin camisa, secándose la frente con las manos, los sombreros calados, descalzos como mulas, le pedían siempre algo a Casiano, y este les daba tabaco de picadura, y mi abuelo muerto les daba un cuscurro de pan que se comían con las manos abiertas para que no se cayese nada al suelo. 

De vuelta al pueblo se los volvían a encontrar renegridos en el estercolero adonde la genta arrojaba los animales muertos, los veían coger las gallinas difuntas, despeluchadas, ya mojamas en el solano de la alta Andalucía para hacer un caldo.

Padre dice que no se acuerda, pero muchas veces ellos iban en los serones de los mulos con trigo para el pan en harina convertirla, parecía una eucaristía rural, una conversión simple, el grano en harina y esta en pan, o cuscurro, el que le daban a los gitanos era una especie de trabajo litúrgico, una suerte de conversión inscrita, indomables, los caminos, sin miedo, mientras ellos dormían en lechos de lana y comían pan caliente, recién hecho.

El abuelo muerto, sin rostro, apenas una sonrisa vislumbro ahora que ha vuelto a revivir en el relato inusitado de padre moribundo. Padre quería hablar conmigo, porque casi nunca hablaba conmigo.

La abuela nos hizo devolver el uniforme de la Falange, yo fui cadete, y le llevé el uniforme a casa, y me dijo que lo devolviese , que el uniforme era de pobres y que en esa casa no eran de ningún partido. Los niños llevaban botas de la Falange porque de lo contrario, irían descalzos.



Su tía le hacía hoyicos en el pan: trozos de pan con mucha miga en donde se echaba aceite y azúcar por encima. 

-No te salgas a la calle, le decía la tía a padre.

Y se salíó a la calle a sentarse en el poyete de su casa, y el hoyico no duró ni un minuto porque venían los niños, herederos de un hambre antigua y se le llevaban el hoyico, y ya no salía más a la calle padre porque el hambre le quitaba el pan con aceite, se quedaba mirando las manos vacías por los niños descalzos del hambre de los años del hambre. Sin zapatos y con cordeles en el pantalón, decía padre, se iban corriendo mientras se peleaban por el pan hurtado, otra vez el pan eucarístico convertido en otra cosa, pero entonces no había pecados, había hambre y rapidez, por lo menos, así comían los niños del hambre con cordeles, cada vez más famélicos, más desesperados.

Se les podía ver en los montones de basura, entonces, dice padre que no había barrenderos como ahora y se tiraba todo al final del pueblo, y hasta las mondas de las mandarinas se comían, y las mondas finísimas de la patatas, y las vainas de las habas, no se tiraba nada nunca, y se lo comían del suelo con los escupitajos y las deposiciones de lo que tiraban al final del pueblo.

Y pasaba el sereno, Galiano, y le hacían entrar en la casa a las cuatro de la mañana, cuando el abuelo muerto iba a Madrid a por mencancías, antes de la guerra, porque el abuelo casi siempre ha estado muerto, y padre apenas sí lo conoció y la abuela quedó sola, la misma que le dijo un día que devolviese el uniforme de la Falange, porque en esa casa no eran pobres, y no necesitaban ropa para ponerse, así que ya lo estás devolviendo, como te lo digo, mientras los niños iban vestidos con las botas y la pelliza de Falange, agradecidos por el frío, ateridos por el hambre, los cinturones que se ajustaban mínimos a su cintura tísica.

Tú tienes que ir con tu madre a pedirle el dinero a Modas Matilla, que le deben un buen pico a tu padre, que el pobre era tonto, de bueno era tonto, que lo mismo le pone un aguardiente en la sombra mal iluminada del salón con un bigote dibujado y el escapulario de santa Teresa a las cuatro de la mañana, que le deben no sé cuánto antes de morirse de una pulmonía, ahora, con la falta que hace, y yo no puedo ir, aunque solo tenga once años, ya debe ir sabiendo cómo es la gente, y le dieron el dinero de modas Matilla, pero en especie, que estuvieron años haciéndose trajes hasta que el dueño, Rosario Matilla dijo hasta aquí hemos llegado, ya no puedo más. La deuda está pagada.

Y los del mercado también le pagaron a su manera, el azafranero con sus especias, el de la carne, cuando había o se acordaba, mientras el abuelo muerto reía con un cigarro en los labios cómo su hijo iba a recuperar lo que le debían, algunas veces sin suerte, otras a huérfanos y a viudas como ellos, que no tenían con qué comer, y no daban nada y parecía que el abuelo decía, no pasa nada, otra familia podrá, al menos tú tienes zapatos y no tienes que pedir para comer en la puerta de la iglesia, como hacen los niños del hambre los chaveas de la calle, con calvas y ronchas en la cabeza por el frío. 

Cantando canciones que ningún niño debería cantar, porque con el hambre no se juega.

Ya lo aprenderás hombre le decía desde el espejo el abuelo muerto porque entonces ya hablaba desde el reflejo.


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