Física de la tristeza. Gueorgui Gospodínov. 2026.
Desde hace unas décadas atrás, la mejor literatura del continente europeo, o dicho de otro modo, la literatura que más me interesa, se está escribiendo desde Europa central, si es que alguna vez no ha sido así. Tal vez exagere, o tal vez, el negocio editorial en España esté en declive, en un declive que suma derrota tras derrota, primando las ventas frente a la calidad literaria.
Pongo por caso, no ya a Kafka, por demasiado obvio, sino también a Broch, a Walser, a Canetti, a Benjamin, a Musil, a Rilke, a Cioran, a Hrabal, no sé, tantos y tantos, incluso a Lou Andreas Salomé; quizá esté un poco obcecado con la forma de contar de Centroeuropa, porque es la forma de contar, y tal vez la falta de adornos, la que convierte a esa literatura en algo fascinante; tal vez se trate de la falta de sacarina estética a la que tan acostumbrados estamos aquí en la península de los libros vacíos, a esa pátina embellecedora del recuerdo y de las experiencias tipificadas por editoriales miedosas de perder lectores, las que provocan que se escriba así en España, como si fuese un decorado de cartón piedra de las series televisivas de sobremesa.
Hay que escribir sin que te importe el lector, hacer lo que te dé la gana. No hay otra.
No quiero resultar tremendista, hay muy honrosas excepciones en el panorama literario español actual, de ellos he venido hablando en mis últimos textos en esta sección, pero actualmente, hay un grupo de escritores procedentes de Europa del Este, que vienen a recordarnos que ganan por goleada. Hace tiempo que no encuentro una narrativa tan morosa, tan delicada y desligada de lo terrenal o de lo puramente comercial, como la del húngaro Krasnahorkai, que se continúa en el cine de su querido Bela Tárr, que adaptó diferentes versiones cinematográficas de su literatura.
Por otra parte, Mircea Cartarescu, y su manera de relatar la realidad, de plasmarla en el papel, de recorrer los pasillos de la memoria de lo que nos cuenta. La Academia sueca ya debe estar buscando su mención, o quizá pase a otra vida sin el premio, como le ha ocurrido a mi muy admirado António Lobo Antunes, que murió recientemente, sin el reconocimiento, como otros tantos, que hacen, si cabe ya, más grande no ganar el Nobel que haberlo recibido.
Y ahora, Gospodínov, de nuevo, en Física de la tristeza, empeñado en traernos a la superficie de la memoria, su memoria, de hacer mundial algo personal, desde un rincón muy pequeño de Europa que compone, en realidad, la memoria reciente de toda Europa, las costuras de la guerra, las heridas de la realidad, la sangre del abandono con una prosa que sopesa, en todo momento, lo que es suyo y lo que se convierte en colectivo, en dolor y herida.
Física de la tristeza es eso, la memoria escrita de sus antepasados, pero además, Gospodínov teje de manera muy elocuente los recovecos, deshaciendo el vestido de la historia, una historia colectiva que recrea desde las voces personales de su familia, o de sus vecinos; el pasado es una frontera cercana, Gospodínov la rompe, como esa cuarta pared de la literatura, y nos apela directamente, porque todos recordamos en la memoria de la memoria de nuestros padres, otras guerras que, a la postre, son la misma guerra.
Es cierto que tanto Krasnahorkai, (Gyula, Hungría, 1954), como Cartarescu, (Bucarest, 1956) pertenecen a una generación más lejana, a medio camino entre la de Kundera, y Cioran, y la más joven de Gospodínov, (Yanbol, Bulgaria, 1968), y otros autores relativamente jóvenes, para revolucionar esto de la literatura, que últimamente, se nos declina en España, a excepción de las pequeñas editoriales, siempre atentas a nuevas voces, que escriben como quieren, sin tener en cuenta las convenciones editoriales.
Quizá esté metiendo a todos estos escritores tan dispares en el mismo saco, y no esté teniendo en cuenta las diferencias étnicas y culturales de Centroeuropa, pero hay una forma de narrar que estructura su forma de sentir o viceversa, y eso los une. El amor al relato.
Quizá lo que tengan en común, a pesar de las diferencias es haber pertenecido al Imperio Austro-húngaro, a esa enorme red de países malogrados que destrozaron banderas, estados, tratados y guerras, una y otra vez; siempre pisoteados bajo su égida por la maquinaria imperial, por la burocracia infernal de un sistema tan complicado como simple era su vida: víctimas sucesivas del fascismo, del nazismo, del comunismo, han sufrido como nadie los peores extremismos de la política y la ambición económica y de poder de las dinastías europeas, de la religión, de la envidia humana, que ahora, es el caldo de cultivo para esa asombrosa forma de contar de los narradores de Europa del Este. Serbios, croatas, magyares, eslovenos, triestinos, austriacos, húngaros, réticos, romanches, búlgaros, judíos askenazíes y sefardíes, turcos, polacos, checos, eslovacos, ortodoxos, protestantes, hebreos, cristianos, católicos, reformistas, anarquistas, una doble corona, una dualidad de fronteras y de pasaportes, dos guerras mundiales, dos fracasos políticos, la cumbre del arte y de la civilización europea.
Tal vez por todo ello sean así y escriban desde el reconocimiento del fracaso humano, de ahí la profundidad psicológica de los planteamientos narrativos que se traduce en una linealidad sentimental en unos espacios arrasados por la realidad, es como mirar desde dentro de un espejo.
Hay un momento en que Gospodínov relata su pasado y dice cómo aprendió a leer en las tumbas de los muertos, a unir las letras hasta saber su significado, y esa sensación de tristeza, la mezcla con una breve disertación sobre la (in)existencia de Dios, la falta de aceite y de vinagre en Bulgaria, así, sin pretensiones, te nombra lo divino y lo humano, lo terrenal y gastronómico y el éter, lo indefinido desde el ateísmo practicante de una nación satélite como Bulgaria.
La literatura es como la memoria, es un sinfonier con muchos cajones, de donde se puede sacar de todo y todo vale si está colocado en su sitio justo, qué placer lector, el tiempo se detiene en sus rendijas mientras se lee este libro inmaculado pero lleno de las imperfecciones vitales.
Pero nada parece lo que es en Gospodínov, no hay que confiarse, y en la segunda parte nos hace una disertación sobre el minotauro, figura mitológica que obsesiona al escritor búlgaro, y escribe sobre las diferentes representaciones artísticas que ha sufrido a lo largo de la historia, y todo lo que eso ha significado para él. Las memorias de un niño que vive en otro laberinto, más allá del Telón de Acero, aquello que quedaba en la gris, desde nuestro punto de vista occidental, Europa del Este. La desconocida y gigantesca órbita soviética. Millones de ciudadanos obligados a vivir en un laberinto, en una guerra que nunca acababa de estallar y que, sin embargo, estaba activa a diario. El producto de una violación entre un animal y lo que quedaba de Europa oriental: el olvido, la pátina del recuerdo que aún huele a óxido y a fermento nuclear, a experimento y a cueva. Todos somos minotauros.
Literatura del double code como decía Umberto Eco sobre aquellos textos que producen simultáneamente una doble lectura: en este caso una literatura que podría leer cualquier persona y otra, más profunda, para la lectura más elevada que vea conexiones artísticas y filosóficas con la manera de contar de Gospodínov.
Especialmente significativa es la parte de la novela en donde se va a vivir a su casa de la infancia en su ciudad búlgara, T, es como destrozar los recuerdos que tenía de su infancia, a cada paso iba aniquilando la memoria, solo por el hecho de estar allí como adulto: la memoria reescribe la propia memoria alterada, si es que la literatura no es eso, el estado de alteración de la memoria narrada.
En un rincón soviético, en la pequeña y fría Bulgaria se celebra la muerte de Bresnev, y, cada vez que el autor se besaba con una novia diferente, moría algún dirigente ruso. Todo está tiznado por esa memoria de la tristeza, todo tratado con esa pátina ahora kitsch, que, en su momento, era la realidad asfixiante para millones de europeos orientales, lo que quiera que eso fuese o representase en nuestras vidas cotidianas. Los nuevos dioses del horror soviético tenían forma de viejo ruso ante el que lloraban los niños en los pasillos de la escuela, tal y como ahora vemos en las celebraciones de Corea del Norte ante el líder supremo.
Recuerda Gospodinov a su amigo desaparecido en el tiempo: Gaustín, al que se le ocurrían ideas descabelladas, como cobrar dinero por contar películas vistas a aquellos que no pudiesen pagar las entradas del cine, hasta que un día, desapareció del país, y más bien del tiempo, viajero incansable en el túnel temporal que él mismo se había fabricado.
Principalmente, este libro opera con la nostalgia, una nostalgia reconocible, casi palpable en el aislamiento de su país, Bulgaria, que celebraba las falsas promesas del imperio soviético como propias en un paternalismo lacerante que afectó a gran parte de los países del Este. Hábilmente Gospodínov traza unos arcos narrativos que engloban lo propio con lo universal, la conquista del espacio con el futuro más próximo, las cápsulas del tiempo con personajes desquiciados de su infancia, de los que los niños se reían.
Gospodínov es muchos: "yo somos" afirma en el prólogo, y en eso consiste su literatura, en mezclar las voces narrativas de un pasado cercano que explican, mediante una catarsis narratológica, el presente triste, que no se diferencia del ayer. Da tanta importancia a lo vivido por él, como al abandono en un cruce de caminos que sufrió un familiar suyo, y que hubiese cambiado para siempre su historia.
Por eso, el símbolo del minotauro estructura la narración, el hombre toro atrapado en un laberinto sin paredes, la soledad, el aislamiento, el dolor, la violación de su madre, Pasífae engañada por Minos, mientras Dédalo construye el laberinto en que vivirá un país entero. La metáfora de otra Europa engañada por la rabia y el desengaño.
Y no solo eso, sino que en la proteica manera que tiene Gospodínov de entender la literatura, también cabe la reflexión sobre la propia literatura, donde afirma que no entiende de géneros puros, que todo es mezcolanza, la expresión escrita, al cabo es como un arca de Noé, donde caben todos los animales.
Sin embargo, Física de la tristeza celebra otra forma de escribir, cuando creíamos que eso no era posible, Gospodínov nos descubre que las viejas ideas de la narrativa, son desmontables, y el argumento puede ser algo tan inconsustancial como la memoria, que la trama no tiene por qué seguir las indicaciones de la tradición, que él rompe una y otra vez, montándolo sobre planos narrativos aislados; diría que, incluso móviles, ya que podrían ser colocados en cualquier lugar, si el libro fuese de una óptica geométrica, y lo convierte en un plano de percepción de perspectiva múltiple, a pesar de que el volumen parece dividido en partes, aparentemente inconexas entre sí, los módulos de lectura en que se divide, podrían ser rearmados por el lector y no sufriría merma en su desarrollo, ya que, a la postre, es fragmentario y no lineal, con un tiempo que abarca todos los instantes en el mismo instante, todos los detalles pasados componen la realidad multiforme del laberinto del presente.
Además, en este behemoth de sensaciones cabe de todo, disertaciones filosóficas donde el autor se inventa a otro yo con el que discute de manera socrática, los tratados que dicen cómo sacrificar a un animal en un matadero, los veterinarios vegetarianos, los caníbales vegetarianos; si la novela era eso que había entre una portada y una contraportada, (Barthes dixit), Gospodínov es su profeta, su adelantado. Aquel deseo de escribir fantasma que llevaba al escritor a emprender una aventura literaria que acabara en las manos de un lector indeterminado. No hay normas.
Cada parte es diferente, el laberinto nos conduce a otro laberinto, el lector, como el autor, divagan libremente en este juego de referencias mitológicas, novelísticas, filosóficas; todo se va retorciendo más y más conforme avanzamos en una estética barroca que, a veces, puede llegar a abrumar al intrépido lector que quiere caminar estos pagos.
Incluso especula en lo literario con la física cuántica, los últimos resquicios de la verdad de los neutrinos. Todo cabe en su literatura, hasta la explicación de la tristeza de su país, Bulgaria, declarado como el lugar más triste de la Tierra. Aunque el estado natural de la tristeza sea gaseoso, según afirma él mismo.
Una explicación gaseosa de la tristeza. Enorme propuesta la de Gospodínov.
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