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Arca. Ricardo Menéndez Salmón

 Arca

Ricardo Menéndez Salmón

Seix Barral

2026



Como lágrimas en la lluvia


A pesar de que hay una tendencia actual en las editoriales a adelgazar el excedente de páginas de las novedades, se presenta Menéndez Salmón con casi 500 páginas de novela.

Ni tan mal. Arca se defiende a sí misma. Su estilo es impecable, los personajes están definidos por las acciones, y las descripciones, justificadas por las diferentes subtramas. Poseer un don no es lo único que describe a nuestro personaje. 

Hay un ambiente sofisticado en un futuro inmediato. Venecia se hunde. Todo está en crisis. Los androides se mezclan con las personas. 

Esta mezcla de androides y humanos, casualmente, también aparece en diferentes novelas recientes, entre otras, Dum dum, estudio de grabación, (2023), de Justo Navarro, y Canon de cámara oscura de Vila-Matas, (2025); parece, por tanto, que la IA, y los androides como amenaza, están presentes en los intereses de los autores más variados.

¿Impactará de esa forma la presencia de androides en el paisaje de los próximos años? ¿Sustituirán las máquinas la endeble, aunque única, inteligencia humana, precisamente cuando más denostada está esta inteligencia no algorítmica?

Los personajes de Menéndez Salmón se mueven entre la fealdad humana y la belleza androide, una belleza inmaculada que se transparenta en la acuática y decadente beldad de Venecia; el don del protagonista apenas se usa, y cuando se usa, actúa de forma prospectiva, no retrospectiva. 

Hay desapariciones, hundimientos, límites entre la conciencia humana y la acomplejada inexactitud robótica, que no es capaz de sentir, en una ciudad construida exclusivamente para los sentidos, una ciudad excesiva, incluso para la belleza, un cáncer estético, ya que ninguna forma u adorno quiere morirse en la ciudad serenísima de la Laguna.

¿Tienen los androides fantasma? ¿Esa proyección ectoplásmica del alma? ¿O son los fantasmas solo producto de nuestra alma atormentada? Se precisa alma para poder ser luego fantasma, son algunos de los juegos éticos que nos plantea el escritor en su novela.


Menéndez Salmón. 

Foto: Ángel González

Extensa novela, sí, pero precisa en los detalles y en las extensas descripciones, profundiza el escritor en el hiato entre lo automático y lo humano, entre lo creado por el hombre, y lo programado por los androides, que no reconocen la declaración de intenciones de una ciudad como Venecia.

La novela describe los caminos inciertos hacia la locura de quien posee un don, así lo describe, con pulso decidido en la segunda parte de la novela, la conspiración ideada, la fingida desorientación del personaje con un don que desvaría mientras está hospitalizado esperando el relato de Zaggia, el relato de lo que él le ha contado que ha visto, escritura de visiones. Oráculos de Delft, la pitia de Sobibor.

El relato que escribiría si escribiese nuestro hombre, una literatura dentro de la literatura. Escribir de algo que no puede escribir, porque tiene un don, y no es el de la escritura. El don de atravesar puertas que dan a puertas que abren puertas y otros umbrales.

Es curioso, pero últimamente, he leído novelas con esta trama, el apocalipsis, los últimos días, de autores con edades parecidas, ni siquiera nos ha hecho falta un cambio de siglo o milenio, pero un presidente infausto, ha hecho posible surgir esta literatura de supervivencia, esta literatura del miedo que tienen en oráculos y adivinos a sus avatares más fiables, en un mundo que se ha descompuesto en una interfaz barata. Las últimas guerras y las masas humanas que recorren el mundo, unas para escapar de la muerte, y otras, muy diferentes para escapar del tedio.

Establece la novela de Salmón un juego de equilibrios, un juego de desplazamientos y contrapesos muy bien medido, entre Venecia y Delft, ambas ciudades con canales, sin embargo de muy diferente índole; un juego de antítesis entre lo humano y lo creado artificialmente, entre la suntuosa belleza de Venecia y la racional funcionalidad del arte; o entre la geometría de la ingeniería artificial y los diferentes cuadros que decoran despachos y salas en Venecia.

Hay además una confrontación muy productiva entre la adivinación del personaje, que se erige en una especie de oráculo de Delfos,  y la interpretación, ese extraño don que hereda, y la redacción del oráculo de su amigo Zaggia, por otra, el racionalista acondroplásico.

Surgen además hondas preocupaciones filosóficas, a las que la novela conduce, o a las que hace dirigir, muy inteligentemente, el escritor a los lectores, que presencian la cercanía del Apocalipsis. Todo el racionalismo empírico qué vale ante los dotes adivinatorios del personaje.

Toda la gnosis de qué vale ahora en el tiempo de descuento.

La parusía se acerca. Cuál era el telos, el fin de todo esto.

Personajes secundarios bien trazados: Cornelissen, Adelheide, Zaggia, Boglárka Réti, Van der Zwaan, Salmaso, Nora Visentin, todos ocupando un lugar definitivo en la trama, incluso la ciudad de Venecia y su hermana triste del norte, Delft, como personajes propios que definen las acciones de las personas que en ellas habitan, también figuran como decisivos.

En realidad, no existe una sola lectura de Arca, ya que es un contenedor de significaciones que permiten al lector construirse su propia novela repleta de contenidos y de diferentes lecturas basadas en el arte, la filosofía, la masificación humana, el problema de la población mundial, las grandes compañías y su ambición obscena que han sustituido a las iglesias y se instauran como nuevos templos paganos, mientras el individuo es solo un minúsculo engranaje en el códice dibujado por una pintora loca. 

Sin duda, Arca es una gran lectura.

Su final, largo, extenso, pródigo en referencias filosóficas, no deja indiferente a nadie. No diré más, pero más libros como Arca hacen falta al panorama literario actual.









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