Las barcas

 Cincuenta años después de las últimas lluvias, aquella poza volvió a llenarse de agua, empezó a brotar porque comenzaron a llenarse los sistemas kársticos escondidos en la piedra, las filtraciones gota a gota llenaban los espacios y las rugosidades del sistema pétreo subterráneo, y así, el agua comenzó a manar a borbotones desde cada porosidad diseñada en la materia oscura desde la noche de los milenios, cueva de montesinos, ya que, la última vez que corría el agua por aquellas profundidades estaban en la tierra aún los cebros, animal extinto en latitudes semiboreales que corrían por encima junto a bisontes y mamuts peludos de extensiones frías, y el hombre pintaba su alfabeto; bostezo temporal para el terreno, para el hombre, en cambio han pasado milenios de sequías, y alfabetos de distancia, océanos de arena y tiempo, después se inventó la rueda, el hacha de sílex, el bronce, los exvotos petitorios, las figuras de madera que representaban a fértiles mujeres, las quijadas de burro para matar hermanos, el infierno y el paraíso, se inventó a Tetis y a Himilce, diferentes imperios vinieron, atroces, a decir que el mundo era suyo y no nuestro.



Después de milenios, la poza se llenó y permitió al hombre antiguo recordar su negocio de barcas para cruzar de un lado al otro de la misma, después de cincuenta años, aún había gente esperando a pasar al otro lado, ordenados y sin prisa, sin gritar ni aquejarse, una larga fila de personas que querían ir de aquel lugar a otro, no mucho mejor, pero otro.

Así el barquero, encendió las luces, dio la vuelta a las barcas varadas durante tantas décadas, algo añosas y enmohecidas, pero con flotabilidad, avisó al sindicato de barqueros de que iba, por fin, a recuperar su negocio después de medio siglo, esperando más o menos sentado, en una silla de enea, frente al embarcadero, comprobó el nivel, observó si había ballenas o huestiantiguas que comprometiesen su efímero viaje al otro lado del pueblo, y comenzó la travesía con bastante éxito. Como fue el primer viaje, (una vez le dijeron que se haría rico con tal descabellado proyecto en mitad del desierto fértil), no cobró a nadie, ya esperaría en la vuelta, "disculpen por la espera", repetía en cada palada que daba el gondolero del desierto: "eso que parece una ballena, es el cuerpo de alguien que murió hace milenios, no tengan miedo, nos enseña el camino", pero los pasajeros no dijeron nada.

Al día siguiente, la poza volvió a estar seca, y volvió a esperar años sentado en la silla frente al embarcadero vacío. No sabía a dónde había llevado a las personas.

Disculpen por la espera.

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