Eva Cosculluela
El club de las modernas
Seix Barral. 2026.
438 pp.
"Adelantar el reloj a España"
Reúne este libro el esmerado trabajo realizado por Eva Cosculluela sobre una institución conocida de soslayo por el público lector: el Lyceum femenino, pero que, a mí, personalmente, como profesor de Lengua y Literatura siempre me ha fascinado, un club de mujeres modernas que lucharon con denuedo por la liberación de la mujer. A pesar de los ingentes obstáculos que iban a encontrar por el camino, de personalidades que se pusieron en contra, y de amplios sectores de la sociedad, que no olvidemos, hace cien años, esa sociedad era muy diferente a la nuestra, donde un club así no supondría ahora, en un principio, ningún rechazo.
"Decididas a adelantar la hora en el reloj de España", al decir de María Teresa León, llevaron a cabo la formación cultural que presidía honoríficamente la reina Victoria Eugenia y la duquesa de Alba, e incluso, con esos apoyos, se encontraron con la oposición de muchos otros sectores, que pensaban que la formación de este Lyceum, iba a estropear la capacidad "innata" de las mujeres de ser madres e iban a descuidar las labores "propias" de las mujeres.
Es cierto que gran parte de las socias pertenecían a la clase alta, bien económica o intelectual, y que las cuotas que debían pagar era una cantidad muy significativa, tres pesetas en 1926, y esto era un gran porcentaje de un sueldo medio. Por otra parte, tener formación intelectual o académica universitaria, entre mujeres en esos mismos años, era algo que estaba reservado a contadas excepciones, y sin embargo, crearon el Club de los niños, precisamente para cuidar a los hijos de aquellas mujeres que no podían cuidarlos porque tenían que trabajar.
Herederas de la ILE, la Institución Libre de Enseñanza, del krausismo de Giner de los Ríos, discípulas de la Residencia de Señoritas, la hermana melliza de la Residencia de Estudiantes, surge el Lyceum como una institución independiente donde las mujeres no se dedicasen a dar cursos de costura o de cocina, sino a aprovechar exposiciones de pintura, recitales, charlas, conferencias. Recuerdan a la tradición liceística en el resto de Europa, Londres, Berlín, París, e incluso Melbourne, en cuya órbita intelectual de tradición moderna querían entrar las fundadores de este selecto club.
Compruebo con alegría que cuando le hablo a mis alumnos y alumnas de esta institución, les suenan ciertos nombres y comprenden que la opacación femenina procede de épocas más oscuras, donde se pidió borrar el papel decisivo de la mujer en las artes y la creación artística o incluso, la científica. Nombres como María Teresa León, Concha Méndez o Carmen Conde de las que conocen incluso algunos versos o libros. Es esperanzador. Las cosas se estudian ahora de manera global, no por escuetas nóminas adelgazadas con intención sesgada.
Consiguieron ciertos hitos como, por ejemplo, el Comité del Libro para ciegos, donde se podía leer los "libros blancos" en braille para que los ciegos pudiesen aprender a leer y disfrutar de la lectura.
Otro logro fue abolir el artículo 438, por el cual, en caso de adulterio por parte de la mujer, si era descubierta in fraganti, el marido podía "defender su honor" hiriendo al hombre y llegando a matar a la mujer sin temor alguno a ser juzgado por ello.
Todos estos logros fueron sumando en conjunto el gran valor del Lyceum femenino.
Cosculluela nos desgrana las vicisitudes de formación del Lyceum, pero también nos detalla la vida de cada una de las fundadoras o las más relevantes mujeres que estuvieron al frente de dicha institución, y destaca a Clara Campoamor, figura importantísima dentro de la jurisprudencia y diputada ella misma en cortes donde defendió el sufragio femenino, a pesar de proceder de una familia humilde, la llamaban "la costurera", porque ese oficio es el que hubo desempeñado durante mucho tiempo hasta que fue adulta y pudo sacarse el bachillerato, y pocos años después, la carrera de Derecho, ejerciendo como abogada, defendiendo a Concha Espina y a Josefina Blanco, liceísta, actriz, y exmujer de Valle-Inclán, el que le pidió, al casarse, que dejase esa carrera actoral, tan mal vista. Campoamor consiguió que Valle Inclán le pagara una pensión, aunque se negó de por vida a hacerlo, y además, consiguió la custodia de los hijos para Blanco, algo completamente inaudito.
El libro se lee con gran interés porque desgrana la vida de muchas mujeres pioneras, como es el caso de Colombine, Carmen de Burgos, la cual, podría parecer que por el carácter de adelantada a su tiempo, de ser la primera mujer española corresponsal de guerra, de firmar sus artículos, iría a secundar la aparición de dicho club, pero todo lo contrario. Colombine tal vez pensó que por ser amante de Gómez de la Serna, con un hijo ilegítimo, sería rechazada por tan docta institución.
Asimismo son sonados los rechazos ideológicos de Ortega y de Gregorio Marañón ante el Lyceum, pero la época y la modernidad no daban para más en una sociedad muy conservadora que iría avanzando poco a poco con el devenir del tiempo.
También nos recuerda Cosculluela la figura de Victoria Kent, la primera mujer en España en abrir un bufete de abogados.
El libro está repleto de detalles interesantes que completan una visión de la época cultural española antes de la guerra civil, ya que las actividades que llevaban a cabo, así como muchos de los comités, dejaron de existir cuando estalló el conflicto.
Recompone así Cosculluela una exhaustiva labor de documentación, cuando la hay, se queja la autora, sobre una época de la que hemos conocido solo un poco, o lo que el canon impuesto durante el franquismo nos dejó conocer, dejando de lado las dificultades que sufrieron estas mujeres, así como los prejuicios a los que se debían enfrentar a diario.
La vida de María de la O Lejárraga, cuyo marido Gregorio Martínez Sierra, que como bien sabemos firmaba todas sus obras, con la aquiescencia obligada por ambos y por una época conservadora. Una vida, de novela, sin duda, que, cuando murió su marido, Martínez Sierra, quedó sin autor fantasma que firmase sus trabajos, y cuyos derechos, nunca pudo cobrar. Lejárraga incluso se topó con el todopoderoso Walt Disney, a quién ofreció una obra: Merlín y Viviana, que tenía como protagonistas a dos animales. Disney la rechazó, y poco tiempo después apareció La dama y el vagabundo, con trama y personajes sospechosamente parecidos, pero ya no se pudo enfrentar a la omnipotente maquinaria burocrática y legal estadounidense.
Muy divertida es la anécdota que desgrana Cosculluela cuando el entonces joven poeta Rafael Alberti recitó, (junto a una tortuga y una paloma enjaulada, ataviado con pantalones y levita de payaso), algunos de sus poemas dedicados a la estulticia en el Lyceum. Después de preguntarle a la tortuga que por qué estaba tan aburrida, a lo que le respondió al oído el animal que era por leer libros de Pérez de Ayala, estando allí presente la esposa del mencionado, Mabel Rick, con la indignación propia de la misma que se levantó y se marchó indignada del acto, a lo que respondió Alberti: "Paréntesis. Unas cabritas se marchan, dejando una bolita en su lugar de reposo". Y continuó mencionando a otros autores, cuyas esposas estaban allí presentes, como por ejemplo Gregorio Martínez Sierra, Juan Ramón Jiménez, Eugenio D´Ors, Ortega y Gasset, Valle-Inclán, y muchos otros. El espectáculo o performance lio tal alboroto que las voces se podían oír desde fuera del salón, mientras que otras mujeres se quedaron dentro disfrutando ya que entendieron que esto no era más que un aspecto de la vanguardia que recorría Europa.
Sin duda, es un libro fundamental para entender una época. Necesario cien años después para mirar atrás y descubrir cuánto hemos avanzado.
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