Las dos casas

Un hombre poseía dos apartamentos contiguos en el mismo edificio. Vivía él en uno de ellos la mayor parte del tiempo con su mujer y sus dos hijas. En ese apartamento vivía cómodamente, no con lujos, pero había frigorífico, calefacción, despensa, baños calientes y una hermosa vista a la sierra cercana; en la otra, en cambio, no había nada, solo lo que encontraba en la basura, unas sillas destartaladas, una mesa coja, un vidrio roto que hacía de espejo improvisado encima del lavabo. 

No había distracciones, solo soledad y sombras. Ni siquiera cortinas, y desde las ventanas de la casa vacía, observaba la vida metódica del hombre de la casa de enfrente, que era él mismo, a veces. Envidiaba su vida ordenada, las cenas humeantes en soperas de Macao. Los libros ordenados alfabéticamente. 

Lo que no podía alcanzar a ver era al hombre que habitaba en la otra casa, ese otro yo que dormía a veces en el suelo del piso vacío, recordando su paso por la casa de enfrente, sin fotos, orientada  la casa a la cara norte, mientras que la vivienda donde vivía él con su familia daba al sur, más caliente en invierno en esa ciudad transpirenaica.

Un día descubrió que él era  un resto de memoria de lo que nunca fue, una proyección de hombre que había fracasado en todo, y por eso le gustaba pasar al otro lado en cuanto su mujer y sus hijas no lo necesitaban, y allí vivía horas muertas, días oscuros a ratos sueltos sin hacer nada, todo eso que nunca hizo y que él no sospechó que sería, en realidad, absolutamente nada.

De vez en cuando los dos hombres se sorprenden mirándose uno al otro por el patio de luces, pero se hacen los locos y no se saludan.

Cada uno es el fracaso del otro.

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