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Stéphanie Nantas y la morfina

 El consumo de morfina tras la primera guerra mundial se extendió por toda Europa. Su consumo se remonta a la guerra franco-prusiana y también a la guerra de Secesión americana. Sin embargo, su uso comercial surgió de forma accidental desde China. No como algo propio de la cultura tradicional china, que usaba el opio de forma puntual para ciertas dolencias menores, pero la avaricia comercial británica comenzó a comercializarlo de forma industrial. 

A final del siglo XIX, se extiende por las clases altas y las élites europeas en su estuche kentómano, que incluía el polvo blanco y las jeringas. Las damas de la alta sociedad lo lucían y rivalizaban en los diseños de esos estuches, que llegaron a ser de lo más sofisticado. Incluso las reinas la consumían y lo transportaban con ellas en sus largos y aburridos viajes por otras cortes europeas. Se dice que la reina Sofía de Nassau solía compartir con sus meninas la misma jeringuilla en señal de cariño y camaradería. 

Como siempre, desde las clases altas se extendió a las clases populares y bajas, al igual que en España, el consumo del cigarrillo de liar, que se extendió desde la corte de Isabel II, ya que el tabaco que se consumía en España era el de rape, que además, se esnifaba desde esa pitillera anatómica situada en el hueco del dedo pulgar, cerca de la muñeca, en donde se ponía una generosa cantidad de rape para ingerir esnifado.

Así las cosas, la extensión del consumo de la morfina inyectada corrió desde España a la corte de Moscú y San Petersburgo, y generó la Guerra del opio entre el Imperio Británico y el Imperio Chino (1839-1860). Estas guerras se generaron por el control de los productos chinos, como el te y otras especies, además de la participación francesa en el intento de desestabilizar la hegemonía de la droga en la región del sureste asiático.


Estuche de morfina


El consumo de morfina no estaba vetado en público, más bien, al contrario, al no estar prohibido por ley. Era una señal de prestigio social y se consumía delante de otras personas, hasta que la droga se apoderaba  del consumidor, y este entonces, tenía que buscar otros lugares anatómicos escondidos como ingles, dedos de los pies, sienes, (por lo que se generalizó el uso de sombreros y diademas entre la nobleza, para esconder las marcas continuas provocadas por la jeringuilla, así como collares de perlas grandes). En ese momento, la droga pasaba a ser de uso privado, en habitaciones apartadas porque además, la reacción, al ser la cantidad mayor, ante la normalización de la dosis consumida, el efecto también era más exagerado, menos socializador: vómitos, demacración, el tono verdoso de la cara, las convulsiones, y el adormecimiento, algo parecido al fentanilo, heredero de la morfina y la heroína.

Muestra de ello son las múltiples obras pictóricas que muestran el consumo de la morfina a final del XIX. El caso más conocido fue el del pintor Santiago Rusiñol, morfinómano, como Ramón Casas, su amigo y excelente pintor también, y su modelo, Stephanie Nantas, también morfinómana y musa oscura de diferentes artistas de la que poco se sabe, excepto lo que ha quedado en los cuadros de Rusiñol. Una mujer morena, demacrada, magra, retratada antes y después del consumo de la morfina.


Antes del alcaloide. Santiago Rusiñol. 1894.


La morfina. Santiago Rusiñol. (1894)

Como se puede ver, la modelo Stephanie Nantas en el primer cuadro, se prepara a recibir su inyección de morfina. Es un cuadro más oscuro. Está hecho en un lugar íntimo, en un cuarto, refleja el estado de ánimo de la consumidora y musa de los pintores, Nantas, que después sería amante de Satie, el cual, le compuso una obra.

En el segundo cuadro, la imagen, tras la ingesta de morfina, se aclara, el color amarillo representa a la propia droga, se desplaza hacia atrás y el color blanco, de paz, inunda la escena. Nantas se agarra a las mantas en señal de placer inoculado por la jeringuilla, mientras la sustancia, recorre el sistema nervioso de la consumidora, la cual, entra en un estado de placer y bienestar.

Adictas a la morfina de Paul Besnard.



Las morfinómanas de Moreau de Tours.

Como podemos apreciar, se trata de personas de la alta sociedad, las cuales quieren ser retratadas en el acto de consumo de la morfina y el estado placentero que provoca.

Del opio se pasa a la morfina, de la morfina a la heroína, y de ahí a todas las variantes actuales que existen, entre otras, el fentanilo, que desconecta la movilidad de los músculos del sistema nervioso central, produciendo esas posturas imposibles en los consumidores de la sustancia.

En este caso, Stephanie Nantas, fue pintada en diferentes ocasiones por Rusiñol, no en escenas tan íntimas, ni comprometedoras, destaca la obra. Un romance, donde aparece tocando el piano junto al amigo común Erik Satie, que enseña a la joven parisina cómo tocar una de sus piezas musicales.



Un romance. Stephanie Nantas junto al músico Erik Satie. Uno de los cuadros donde aparece la musa en la casa de Rusiñol en Quai de Bourbon, en París.


Aquí aparece otra obra, mucho más alegre de contenido que las primeras bajo el efecto de la morfina.


Figura femenina. Santiago Rusiñol

No todo lo que pintó Rusiñol era de esta índole, aquí se pueden apreciar sus cuadros más folcloristas en su etapa granadina. Los cuadros del consumo de la droga responden a su etapa bohemia de París, en donde residió en dos ocasiones.

La escalera del agua de Santiago Rusiñol en su etapa neofolclórica.



Joaquín Fabrellas

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