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Las crines. Marc Colell.

 Conozco a Marc Colell. No es un amigo íntimo, pero lo siento cercano cuando he hablado con él en alguna ocasión. Tiene un habla lenta y pausada, algo raro en estos tiempos de vendehúmos y experiencias gourmet enlatadas, además, es compañero de profesión: escritor y profesor, me siento identificado con él por partida doble. Sentí una gran alegría cuando ganó el Premio de novela Café Gijón con esta obra.

Hablar de libros de amigos o de personas que conoces sin ser cruel es difícil, por eso cuando empecé a leer Las crines, saqué un lápiz para intentar sacar fallos, para señalarlos, porque sabía que escribía muy bien por sus dos libros anteriores, Reino vegetal, primero, una delicia narrativa, y El bozal, una colección de cuentos que sacaba de contexto su narrativa dulce y lineal, lo cual no es decir poco, una colección de cuentos donde se veían los límites de la maldad humana, el crecimiento, los bordes entre maldad, amor y odio, atracción y asco, la bondad, y todo con una narrativa esplendente, ramificándose en un laberinto transparente, aunque en las obras de Marc Colell "no pasa nada", pero es mentira, es un marco de ficción donde todo ocurre y adonde el narrador nos lleva con mano certera. 

Leer a Marc Colell es una experiencia parecida a contemplar un cuadro de Rothko, no porque la resolución narrativa de Colell sea abstracta, todo lo contrario, el figurativismo realista en que se inserta su producción narrativa es rayano en el realismo, pero un realismo diferente, uno que supera o sucede al realismo posmoderno de la falacia de la autoficción, todo el mundo anda ahora escribiendo así, intentando engañarse a sí mismo y al lector que lee una historia que el escritor no ha vivido pero que cuenta cono si hubiese vivido, una falacia dramática que marcan ciertas editoriales pero que poco tiene que ver su escritura lineal. Ojo! digo lineal sin ser peyorativo, o una narrativa sencilla, bueno, al fin y al cabo la de Borges, lo fue, pero su definición estética no lo fue jamás, ni la de Kafka tampoco, a pesar de basarse en una sintaxis sin recovecos para llegar a trascender esa realidad alienada. 

Una épica de la sencillez. Lo maravilloso nos aguarda. Para eso servía la literatura, ¿no?

Con Colell ocurre algo parecido, tiene ese pulso del que cuenta sin inmutarse, del que se sitúa en una posición contemplativa y ahí, como en un círculo infinito y sin centro conocido, enuncia otra realidad, pero el lector está dentro del libro ya, se aprecian los colores, como en un cuadro, los sabores del cuero de la carne, el mate cebado, el fuego, la pena por contemplar a un viejo que se cae. Me ha pasado con pocos escritores esta sensación de estar dentro del cuadro: Onetti, yo he paseado por las calles de Santamaría, y he olido las piernas de trigo viejo de las visitadoras; Krasnahorkai, ese lugar narrativo donde nunca sucede nada pero se alcanzan niveles metafísicos de trascendencia del tiempo, del espacio, a pesar de la simplicidad del asunto; y también se alinea con cierto Cartarescu, principalmente, en sus largas historias cortas que equivalen a novelas en sí mismas.

Esta narración de Colell tiene mucho que ver con esa distancia, los límites de nuevo, en este caso, estilístico, porque opera esta novela con la novella y con el relato largo, pero alcanza justo el aliento para que pase todo, como en un cuadro vivo, para que todo esté contenido dentro, para recrear y activar el mecanismo literario.

No hay revanchismo literario, no hay afinidad con otras corrientes, es tan solo la voz de un hombre que se traslada a la Pampa y escribe cartas a una desconocida (para nosotros) y cuenta lo que vive. Un caballo que muere, un viejo que se cae, una mujer misteriosa junto a la lumbre. Todo tan igual y tan diferente. Una épica de la supervivencia en una quinta apartada de todo. El mundanal ruido queda lejos.

No hay imposturas si no son las mínimas necesarias que nos recuerdan que esto es una novela.

Se mezclan los personajes sin apremiar, reclaman su lugar en orden en la narración, actúan, son segmentos de la realidad, aunque no interactúen por lo pronto con la trama principal. 

¿Cuál es la trama principal?

"En los arcenes de la carretera se acumulan los puestos de comida o de artesanías. Son casetas humildes, de madera. Los asadores también se multiplican. Exponen los costillares muy cerca del asfalto. El humo de las fogatas atraviesa la carretera y envuelve a los vehículos en su aroma. Esa es su intención, que la carne entre en los coches, que penetre por las ventanillas y obligue a los viajeros a detenerse."

Colell impugna otra narrativa con su contar pausado, nada frenético, trozos de vida como rayas de agua perfectamente definidas que cuando pasan, desaparecen. La vida a ratos de las estancias enormes de las quintas argentinas. Me vienen a la cabeza las lecturas de Gombrowicz en su forzado exilio en Argentina, en esa transmisión de lo vivido en la Pampa que cuenta en sus diarios. Me viene también a la cabeza el recuerdo de Martín Fierro, porque este héroe de Las crines es todo menos un gaucho y lee en un libro cómo curar a los animales que cuida, que quizá no sepa cómo manejar su soledad.

"Hay movimiento nada más. Pero no hay viaje. El humano está en todas partes. Su huella es permanente. En los valles, en las playas, en las montañas. Aquí no. En la pampa no. La humanidad se interrumpe en grandes espacios, en gigantescas extensiones, y cuando vuelve, cuando se agrupa, adquiere el valor de la casualidad, el recuerdo del asentamiento."

Un cruce entre la vida sencilla y la brutalidad de la existencia.





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