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Antología de la Beat Generation. Marcos Ricardo Barnatán. Chamán editores.

 

Portada de la antología Beat


Recuerdo que en el año 98, un puñado de incipientes estudiantes de Filología, nos reuníamos en un antro de mala muerte para recitar poesía americana, desde Thoreau, Emerson, Whitman, hasta la obra de Ginsberg, Kerouac, Snyder, Lamantia, Diane di Prima, hojeando sin saberlo, las viejas páginas, entre otros libros, de la antología que Marcos Ricardo Barnatán había traducido y publicado en Plaza y Janés en 1970. 

Algunos de esos lectores recorreríamos las calles de Tánger después en busca de esos versos, algunos nos iríamos a Ámsterdam, e incluso a Londres buscando la flor del rojo libanés creyéndonos beatniks.

Ya a finales de los 90, era difícil hacerse con un ejemplar de esa antología mítica y de culto. Quizá en alguna librería de viejo a un precio desorbitado, pero el caso, es que tuvimos que leer a esos autores en el idioma original o en traducciones posteriores.

Por ello, esta antología ahora reeditada por Chamán, forma parte de la educación sentimental de una generación, porque, aunque pueda parecer mentira, casi a principios del siglo XX en la Facultad, cuando leíamos, sin saber muy bien, quién era Ferlinguetti, o Corso, las cosas no habían cambiado tanto, ni siquiera con respecto a la fecha en la que apareció la traducción de un valiente y joven Barnatán, o con respecto a la época en que los beat  se oponían a la guerra, al estilo de vida americano, impugnando el sueño de una patria que había creído su propio discurso propagandístico.

Las cosas no han cambiado ni siquiera ahora, en que una nueva guerra está a punto de hacer saltar las alarmas nucleares. Me imagino lo que diría Ginsberg ante todo esto.

Los beat nos hicieron entender que había otra forma de hacer las cosas, en poesía y en política, nos enseñaron a ser más críticos con los sistemas de aceptación del discurso hegemónico. Y nos enseñaron sobre todo, eso es lo que recuerdo con mayor nitidez, que la poesía no era solo una cuestión de intelectuales, en la intelectual y elitista España en cuanto a su lírica en el siglo XX. La poesía no era medir sílabas, algo que no había cambiado desde el Renacimiento, sin menospreciar, claro, la poesía española, pero ese discurso beat nos llamaba y atraía fuertemente, en especial, a los que después seguimos escribiendo poesía y vimos en la sonoridad y la música beat los conceptos clave de una nueva manera de escribir, sin tener en cuenta, los condicionantes tradicionales del verso hispánico.

No creo que se haya hecho nada nuevo desde aquella antología, y no porque no haya habido poetas rompedores en lengua inglesa, sobre todo, habría que comprobar al largo proceso de emancipación de las colonias británicas para encontrar algo que subvierta de tal manera el status quo y la lengua inglesa a partes iguales.

El discurso beat tiene que ver, como en el arte y en el jazz, con la liberación del subconsciente, liberar todo lo que permanece encerrado por el tabú y la tradición en la parte más recóndita de nuestro ser, y en donde, como un sónar, la poesía se dirige para liberarlo mediante el color, la palabra o la improvisación. Improvisación, no está de más recordarlo,  que es el mismo proceso psicológico y artístico por el que la pintora Lee Krasner aplicaba a su lienzo los brochazos compulsivos para ocuparlo, oponiéndose a la tradición mimética occidental. Algo que el expresionismo abstracto americano, había aprendido de los surrealistas exiliados, maestros de la pintura de los jóvenes americanos ávidos de encontrar otros caminos en lo pictórico. De ahí procede Pollock, Motherwell, Gottlieb, o la insurrección pop de Ruscha, Jim Kline, o el Grupo Cobra, pongo por caso.

Another storm, 1963. Lee Krasner

Los beat, por tanto, están emparentados con la teoría psicoanalítica de Freud, influidos por la vanguardia surrealista, por la liberación de los sueños, que vieron en la literatura, su medio de expresión. Liberar desde el propio lenguaje las cadenas que lo atan a la tradición lingüística, histórica y política, y ver cómo todo esto, en un principio, inerme, se convierte en una sólida protesta contra el establishment, de ahí, la rebeldía hermana de Bob Dylan, Johnny Cash, Joan Baez o Patti Smith que interpretaron perfectamente las partituras beat de libertad y el compromiso. 

Los beat aprendieron este discurso en la narrativa destrozada y vencida de Willian Burroughs, adicto por las calles de Tánger, al que fueron a ver los jóvenes Kerouac, Ginsberg y Orlovski, para recuperar del olvido a ese escritor maldito que sería el pope de su nuevo credo. Le armaron entre todos El almuerzo desnudo. Ese escritor decrépito era la nueva fuerza de una América diferente.

Testigos también de la eclosión del bebop, que se opone radicalmente, a las nuevas formas de producir música en el negocio yanqui, en contra de símbolos como el esclerotizado Elvis, icono bondadoso de una América productiva, ordenada, frente al humo de la noche de los salvajes músicos de jazz, que interpretaban todo al mismo tiempo y que sin saberlo, se oponían al sistema mercantilista de producción en masa. Así acabaron algunos: Bird, Baker, Holliday, Coltrane...

Por todo ello, esta antología reeditada por Chamán es necesaria, en un momento  histórico, en que la juventud ha dejado de ser rebelde, es más, ha abandonado la lectura como un medio crítico de conocer el mundo, y acepta, sin margen de error, el todopoderoso discurso de las plataformas cibernéticas como nueva religión de pago, donde ellos además, no son protagonistas de su propia evolución.

Allen Ginsberg, Patti Smith y William Burroughs

Joaquín Fabrellas

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