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Cadáver sentimental

 

Me toca con su mano el abdomen, minuciosamente, con parsimonia. Llega hasta la línea que separa cada uno de mis músculos y se insertan en el hueso. Hunde la mano en un acto indoloro, pero lleno de significativa ansia reproductiva. Caminamos en la transparencia, entramos en un cine de paredes traslúcidas. Ella no quiere ver la película, sino mi boca iluminada en la oscuridad. Solo me mira a mí y me parece normal, mientras yo veo la oscuridad iluminada de la sala, pero no entiendo lo que miro.

Alguien que nos conocía nos ha regalado las entradas para una película que no veremos, alguien apostado en una esquina, en un kiosco transparente y que nos estaba esperando para darnos los salvoconductos. Salimos del cine sin albergar una mínima esperanza. Ella se agarra a mi cuello por no caerse.

No me duele, pero hace difícil la ascensión; no me di cuenta, pero ella depende ahora de mí para moverse porque no tiene piernas y está encaramada a lo alto de mi cabeza como si yo fuese un saliente rocoso y desde allí, divisara el futuro, los maremotos, los meteoritos, las pequeñas lluvias que se ensayan en esa noche transparente.

El aguacero sigue su curso, parecen ríos de petróleo por los lados de la carretera, todo se va oscureciendo, se conoce ya el fracaso del sueño, nada puede salir bien.

Los cadáveres sentimentales eran los cónyuges de antiguos amigos lejanos que habitan regiones intermitentes entre la duda y el remordimiento. Ella ha venido a verme esta noche como una anguila y ha posado su boca en mi carne putrefacta y la he dejado entrar y que contase mis huesos ordenando el deseo trabado a los músculos motores.  Creo firmemente que me está usando como una carcasa, como esos cangrejos que usan la concha vacía de otro cadáver marino.

Ha venido esta noche para que dé aviso, para que escriba esto. Yo sé que vive, que se ha casado con otro cadáver, sin embargo, aquí está, muerta en un enorme acertijo que no se desvela, porque la llevo yo, como un cadáver hambriento, mientras todos duermen y tuercen el rostro porque no saben lo que sufro al penetrarla. No quiero seguir adelante, se me clava su carne, se me desgarra el pie en un acto reflejo cuando camino sobre corales finísimos. Me arranco la espina y se abre el músculo y contemplo las briznas, los haces por dentro sin sangre, no duele, pero finjo que repito este movimiento infinito, este magnífico portar su cuerpo desnudo, ese amasijo de miembros que sienten la desgracia.

Ha venido para eso, tan solo, para procrear su memoria en mi sueño y en mis palabras porque me dijo que adoraba la poesía y los bombones con licor de naranja, si tuviese que decir todo lo que ama…

Cuando llegamos al aparcamiento del hotel la noche se descerraja en la lluvia negra, todo sigue su curso y yo me di cuenta de los tacones que ella llevaba en una mano. Son de plástico, el color de las uñas naranja, pero no sé si es por la herida abierta de su muslo o por el color del pintaúñas que se acumula por dentro del zapato y palpita. Lo toco para atajar la sangre, pero en ese momento un rudo trabajador de una compañía petrolífera noruega, o un pescador marino húngaro, se acerca, recoge los restos de mi testuz y siento una liberación enorme, pero ya no hay cuerpo. Se engancha su boca al nuevo huésped sin saber él lo que se le viene encima, a mí no me ven, y la oigo decir perfectamente en húngaro, No te preocupes, venía sola en la niebla, ayúdame a entrar.

No sé desde cuando estaba el mar aquí, pero casi me alegro de acabar así, nunca lo había imaginado, eso es un entierro, la veo cómo se apaga a lo lejos, en brazos del rudo marino mientras mira atrás y dice mi nombre susurrando su desgracia.

Despierta.


Joaquín Fabrellas

 

 

 

 

 

 

 

 

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