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Confusión onomástica Me invitan a dar una charla en una iglesia desacralizada. Uno de esos actos patrocinados por las instituciones locales. Todavía alguien se acuerda de mí, de cuando entonces. Veo la programación del acto, que se incorpora dentro de otro acto, haciendo un acto mayor. El caso es que no han impreso mi apellido correctamente. Estoy acostumbrado a que sea así, pues Fantela no es muy común, pero leo con sorpresa que tampoco han escrito bien mi nombre y pone Juan Fantelas. Hace poco escribí un relato que fue publicado en Césped seco, se hablaba de un viejo poeta al que invitaban a una Universidad a dar una charla sobre su saber. Estaba encantado el viejo profesor sobre su próxima disertación. El día señalado, vinieron a buscarle. Lo llevaron a la Universidad, lo metieron en el Paraninfo, comenzó su charla cegado por un foco potentísimo que no le dejaba ver, pero no le importó. Cuando terminó su disertación, se acercó alguien para felicitarle y alguien para pedirle disculpas. Este útimo le dijo que había habido un craso error al invitarlo. Se habían equivocado de persona, por el apellido Sloterdijk. Al que de verdad esperaban, era a un afamado geólogo. Yo estoy temiendo acercarme allí a esa iglesia desacralizadan el día señalado, no sé a quién voy a encontrarme sentado. Quizá cuando dé comienzo la charla venga ese tal Juan Fantelas al que sustituyo, del que soy su íntimo impostor, aunque no lo sepa, quién sabe, quizá yo esté casado y vengan mis hijos a verme cómo hablo de una materia que ni siquiera conozco, tal vez el público espere que hable del cauce del Alto Guadalquivir, del aceite de oliva de esta tierra o sobre el halcón primilla que habita en las catedrales y en los mechinales de los edificios antiguos. No sabré qué decirle y creo que, de todas formas, va a tener razón.

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