Confusión onomástica
Me invitan a dar una charla en una iglesia desacralizada. Uno de esos actos patrocinados por las instituciones locales. Todavía alguien se acuerda de mí, de cuando entonces.
Veo la programación del acto, que se incorpora dentro de otro acto, haciendo un acto mayor.
El caso es que no han impreso mi apellido correctamente. Estoy acostumbrado a que sea así, pues Fantela no es muy común, pero leo con sorpresa que tampoco han escrito bien mi nombre y pone Juan Fantelas.
Hace poco escribí un relato que fue publicado en Césped seco, se hablaba de un viejo poeta al que invitaban a una Universidad a dar una charla sobre su saber. Estaba encantado el viejo profesor sobre su próxima disertación.
El día señalado, vinieron a buscarle. Lo llevaron a la Universidad, lo metieron en el Paraninfo, comenzó su charla cegado por un foco potentísimo que no le dejaba ver, pero no le importó. Cuando terminó su disertación, se acercó alguien para felicitarle y alguien para pedirle disculpas. Este útimo le dijo que había habido un craso error al invitarlo. Se habían equivocado de persona, por el apellido Sloterdijk. Al que de verdad esperaban, era a un afamado geólogo.
Yo estoy temiendo acercarme allí a esa iglesia desacralizadan el día señalado, no sé a quién voy a encontrarme sentado. Quizá cuando dé comienzo la charla venga ese tal Juan Fantelas al que sustituyo, del que soy su íntimo impostor, aunque no lo sepa, quién sabe, quizá yo esté casado y vengan mis hijos a verme cómo hablo de una materia que ni siquiera conozco, tal vez el público espere que hable del cauce del Alto Guadalquivir, del aceite de oliva de esta tierra o sobre el halcón primilla que habita en las catedrales y en los mechinales de los edificios antiguos.
No sabré qué decirle y creo que, de todas formas, va a tener razón.
Los lectores ficticios
En la historia de la literatura, numerosos son los libros que contienen, de una manera u otra, a la figura del lector como parte fundamental de la narración, y recordémoslo, el lector es el vértice fundamental en el cual se ancla la acción de escribir, sirve entonces como recipiente externo de la acción escrituraria, sin la cual, no se puede entender la acción completa de la transmisión de la cultura y del conocimiento. En este caso, me refiero al lector en el libro al que va dirigido ese texto. Diversos son los libros que tratan sobre la lectura de alguna manera y sus placeres o peligros, desde Pálido fuego , donde Nabokov hace una parodia de un autor excéntrico, que escribe un poema y su propia explicación, la exégesis histórica del poema de un reino lejano y su explicación política, hasta El nombre de la rosa , en donde Umberto Eco narra los peligros de un libro prohibido . Todos los lectores de dicho libro, serán castigados. Cuando la literatura no se consideraba a sí misma ...
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